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Una hora sin justificar (Carola Minguet, Las Provincias)

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Una hora sin justificar (Carola Minguet, Las Provincias)

Esta madrugada sucederá algo casi milagroso: a las tres volverán a ser las dos, el domingo contará con veinticinco horas y el Estado nos devolverá sesenta minutos sin obligarnos siquiera a solicitarlos.

Como cada año, al ritual de ajustar el reloj del horno y decidir que el del coche puede esperar hasta marzo le seguirá su correspondiente debate. Unos defenderán las tardes luminosas; otros, las mañanas menos oscuras. Comparecerán el comercio, el ahorro y la productividad, cada cual con sus razones y sus cuentas. Ahora bien, podremos discutir qué deben marcar las agujas porque ninguno espera que el día dure lo que le convenga o apetezca. Hasta el desacuerdo necesita una realidad común.

Ésa es la lección pública del reloj. La privada comienza cuando la pregunta deja de ser cómo lo ajustamos y pasa a ser en qué se nos va la vida. Nos preocupan mucho esos adelantos o retrasos y bastante menos la facilidad con que entregamos días enteros a asuntos que apenas recordamos. Protestamos por los dos ajustes anuales, pero confiamos tardes enteras a las mismas pantallas con las que resolvemos en un minuto lo que antes nos llevaba una mañana.

Por eso la hora recuperada corre el riesgo de durar tan poco. Apenas la recibimos y ya estamos pensando cómo aprovecharla. Hasta el descanso necesita acreditar alguna utilidad: dormimos para rendir, paseamos para despejarnos y vemos a los amigos para desconectar. A este paso, una tarde agradable acabará necesitando una memoria de resultados. Hemos confundido lo gratuito con lo inútil, hasta el punto de que una conversación necesita resolver algo y un pase o parece exigir un destino. El domingo será más largo y nosotros volveremos a decir que no tenemos tiempo.

Pero tampoco se trata de blindar la ag enda personal. Lo que damos a otro no deja por ello de pertenecernos. Una tarde puede quedarse vacía sin que nadie la interrumpa y llenarse precisamente porque un encuentro se prolongó más de lo previsto. Quizá convendría sentarnos más a menudo a la mesa sin calcular cuándo debemos levantarnos. Hay cosas que sólo empiezan cuando dejamos de preguntar cuánto van a durar.

Esta madrugada pasaremos dos veces por las dos, aunque la segunda nos encuentre ya un poco más viejos. En el fondo, resulta curioso que recibamos la hora repetida como un regalo y vivamos todas las demás como si se nos debieran.

Mañana diremos que hemos ganado una hora. Será verdad, al menos, en el reloj.

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