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La cosmovisión de Davos (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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La cosmovisión de Davos (Carola Minguet, Religión Confidencial)

En Davos se ha producido un fenómeno que, pese a repetirse cada año, no deja de sorprender: personas muy cualificadas han confirmado públicamente cosas que ya estaban a la vista. La diferencia es que, cuando se dicen en esta cumbre, reciben el nombre de conclusiones.

Uno de los asuntos centrales ha sido la inteligencia artificial, presentada ya no como una promesa futurista, sino como una infraestructura decisiva. Se ha advertido de que destruirá empleos, creará otros y exigirá un reentrenamiento masivo. La constatación de que las innovaciones técnicas transforman el trabajo no habría impresionado a un tejedor del siglo XIX, pero sí lo habría hecho el tono con que algunos participantes se refirieron a la IA: no como una herramienta bajo control humano, sino como una fuerza histórica ante la cual sólo cabe ajustarse. Quizá el verdadero progreso consista en recordar que las fuerzas históricas no piensan solas: alguien piensa por ellas.

Se ha insistido también en que esta tecnología debe ser útil y segura, y en la conveniencia de regularla sin ahogar la innovación. El consenso, en este punto, es amplio. Sin embargo, cuestiones como quién asumirá los costes, quién se verá desplazado o quién se beneficiará primero permanecen en el aire, aunque ha bastado escuchar expresiones como “inevitabilidad”, “ventaja competitiva” o “adaptación obligada” para comprobar que la neutralidad es, en realidad, una toma de partido.

No obstante, la IA afecta también a la educación, a nuestra capacidad de juicio y a cómo nos relacionamos con nuestro entorno y con nosotros mismos. Plantea un desafío profundo, un riesgo antropológico. Eso es lo que cabría analizar, antes que nada.

En economía y geopolítica, este foro ha reconocido algo que ya no se puede disimular: el mundo está fragmentado, la cooperación global es frágil y la estabilidad no puede darse por sentada. Se ha hablado de bloques, rivalidades estratégicas y del fin de la eficiencia como valor supremo. Es decir, se ha descubierto que un sistema diseñado para funcionar bien cuando nada va mal tiene un pequeño defecto: se rompe cuando algo va mal.

Frente a ello, los expertos proponen la resiliencia, palabra muy invocada estos días, pero que, mal empleada, puede entenderse como enseñar a las personas a resistir consecuencias que no eligieron. ¿Se nos pide resiliencia allí donde antes se demandaba justicia?

Respecto al crecimiento económico, los líderes han coincidido en que es necesario reactivarlo “sin aumentar la desigualdad”. La idea es admirable y se repite cada año con la perseverancia de un propósito de Año Nuevo. El problema es que funciona como fórmula tranquilizadora: expresa una intención sin señalar conflictos, costes o responsables claros.

En clima y energía, el tono ha sido distinto. Más sobrio, menos grandilocuente. Ya no se discute si hay que abandonar, por ejemplo, los combustibles fósiles, sino cómo hacerlo sin colapsar economías ni provocar reacciones sociales. Cabe esperar que este realismo tardío sea un avance y que la retórica ceda espacio a la gestión, aunque no está claro si también aquí el conflicto se resuelve o simplemente se administra.

También se ha hablado de juventud, empleo y formación, reconociendo que millones de personas carecen de las habilidades que exige el nuevo orden económico. La respuesta volvió a ser más capacitación, más flexibilidad y más adaptación. Se ha pasado por alto, sin embargo, que una vida organizada exclusivamente en torno a estas variables termina por no adaptarse a nada. Una sociedad que únicamente piensa en estos términos corre el riesgo de olvidar que necesita, sobre todo, sentido y raíces. Porque el mundo no se optimiza: se agradece. La tradición no es un lastre, sino una herencia viva. Y el ser humano, antes que adaptarse indefinidamente, pertenece.

Disculpen la impresión de vaguedad del comentario, pero en parte responde al propio escenario. Davos, en suma, ¿es un lugar de administración o de conspiración? Por un lado, funciona como un espacio donde los dirigentes se conceden permiso para decir en voz alta algunas verdades moderadas, siempre que no obliguen a decisiones incómodas. Si es así, no se conspira; simplemente se gestiona con tibieza, disfrazada de prudencia.

Ahora bien, surge la duda de si este foro es algo más sutil —y más peligroso—: una cosmovisión. No tanto por lo que afirma, sino por lo que da por supuesto, al convertir problemas políticos y sociales en desafíos técnicos. Aunque hay voces que reclaman sentido común, el tono dominante concibe el mundo como un sistema que debe optimizarse y, a quienes lo habitamos, como piezas de su engranaje. En ese modelado silencioso radica su poder; y su enorme limitación.

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