Epstein y el arte moderno de la respetabilidad (Carola Minguet, Religión Confidencial)
Noticia publicada el
martes, 10 de febrero de 2026
Lo más sorprendente del caso Epstein no es que existan monstruos, sino que existan hombres tan respetables. Ni siquiera el escándalo llama tanto la atención como la falta de sorpresa real. No descubrimos de pronto un horror oculto, pues lo que ha salido a la palestra llevaba años circulando a plena vista. Mansiones. Aviones privados. Fundaciones filantrópicas. Fotografías con políticos, científicos, celebridades. Todo estaba ahí. La conmoción no viene por un hombre poderoso que cometió atrocidades, sino porque demasiadas personas influyentes parecieron mirar hacia otro lado.
Y es que hemos perfeccionado un arte moderno: el de comprar la respetabilidad con dinero, apellidos y sonrisas medidas, convirtiendo nuestra cultura en un juego de apariencias y etiquetas. Basta una alfombra tupida para volverse invisible. Como si la inocencia robada tuviera un precio. No se ignoró lo que ocurría; la perversión se aceptó porque no importaba… o porque no molestaba mientras resultaba rentable.
Por eso resulta tan cómoda la narrativa del monstruo aislado. Presentar a Epstein como una anomalía psicológica, como un villano excepcional, tranquiliza a quienes lo rodearon y a algunos de los que siguen sus crímenes como si fuera una novela por entregas. No porque nieguen su culpa personal, sino porque la encapsulan. Pero el peligro no radica en su excepcionalidad, sino en lo contrario: era demasiado humano y estaba totalmente integrado en el sistema, que supo leer y explotar para depredar con normalidad. El mal no suele venir de la mano de locos desquiciados, sino de personas perfectamente razonables que han perdido el sentido moral.
Por eso no escandalizan las islas privadas ni los contactos influyentes; escandaliza la naturalidad con que el mal se despliega, bien porque no se reconoce, bien porque se finge no reconocerlo. Los correos y registros son emblemas de un teatro macabro, pero también de una arrogancia que desafía cualquier juicio y ley (y es que la soberbia, entre otras cosas, desprecia la justicia). Lo que va saliendo a la luz da cuenta de un espectáculo obsceno, como los titanes encadenados de los mitos, cuyos errores sacudían la tierra y cuyos crímenes se pavoneaban ante un mundo que ni supo reaccionar. Ahora bien, no hay show sin espectadores, aquellos que aplaudían y llamaban ‘vida social’ a lo que debería darles vergüenza.
De hecho, lo más incómodo de todo este asunto es que muchos círculos que se presentaban como avanzados, liberados y sofisticados fueron incapaces de proteger a personas vulnerables. Es lo que conviene no perder de vista en medio de tanto análisis mediático. Este caso no va de morbo, conspiración, ni siquiera de la caída de algunos poderosos. Se trata de algo muy simple y terrible: niñas y jóvenes reales fueron tratadas como objetos. No son metáforas ni símbolos, sino personas concretas cuya dignidad fue pisoteada.
También es verdad que una sociedad que se burla de la inocencia no debería sorprenderse cuando deja de defender a los inocentes; cuando se ironiza sobre el candor, la ingenuidad, la sencillez, la honradez, la simpleza, la pureza… la crueldad encuentra terreno fértil. Lo que antes se consideraba pecado deja de ser temido para volverse exhibición o indiferencia. Igualmente, cualquier sociedad que desecha la virtud y entierra la conciencia, porque no sirven ni rentan, está espiritualmente rota, por muy progresista que se crea. Va perdiendo contacto con lo que nos hace humanos.
Por eso este oscuro asunto trasciende un caso judicial que, imagino, pronto será una serie para plataformas de pago. Invita a mirarse en un espejo incómodo, el que refleja una sociedad que celebra el arte moderno de la respetabilidad… y luego finge sorpresa al reconocerse.