El dolor, un gran pedagogo (Míriam Martínez Mares, El Debate)
Noticia publicada el
viernes, 3 de julio de 2026
«Se abre el telón: hablemos de fe, de amor, de dolor»... así se inauguraban unas Jornadas universitarias dedicadas al autor de muchas y variadas obras de gran profundidad y calado en nuestra cultura: C.S. Lewis (Belfast, 1898). «Se abrió el telón» para que docentes de todas las áreas hiciéramos una pausa en nuestra ajetreada rutina y dialogáramos sobre la experiencia vital en aquello que se resiste al cálculo, que es irreductible a fórmulas químicas, que se mantiene ajeno al balance coste-beneficio y que no puede manipularse a nuestro antojo. Sin embargo, es tan cierta y está tan cerca que se deja oír en forma de lágrimas, de noches en vela, de variados síntomas físicos y emocionales, de anhelos insatisfechos y decepciones, de gritos internos, de ansiedad voraz por consumir cierta sustancia como quien huye de un peligro... Es fácil acostumbrarse a estos malestares y que la «intimidad», queriendo dejarse escuchar de tantas maneras, se vea forzada a callar y dormir. Se abre, así, el escenario a «La abolición del hombre»: cuando nuestra intimidad se ve sumida en el sueño tantas veces llamado «productivismo», tantas otras llamado «evasión», y muchas más veces de las que pensamos, llamada «polarización», ocurre que nuestra mirada, la forma como percibimos la realidad, está en manos de unos encapuchados que proyectan sombras en nuestra caverna.
Para «observar» bastan los ojos, pero para «interpretar» lo observado hace falta quitarse las lentes prestadas o impuestas y empezar a mirar admirando. Un buen indicador sobre nuestra mirada es la capacidad que tenemos de experimentar el amor-apreciación pues, como le ocurría a de Tales de Mileto, permite que contemplemos lo que no queremos consumir, sino afirmarlo en su belleza. Este filósofo y astrólogo, absorto en la contemplación del cielo estrellado sobre su cabeza, tropezó y cayó en un pozo.... Pero lo que parece un perjuicio, el tropiezo, es más bien la evidencia de que uno se sitúa en la libertad de lo importante, donde la inmediatez no atrapa el valor del tiempo, y éste adquiere tiene otra medida, otra condición.
¿Cómo despertar esta mirada que admira en un mundo de «inatentos»? Los clásicos nos lo explican: «la filosofía comienza con la muerte». Se abre el telón de nuestra vida: acontece el dolor. El dolor desgarra nuestras estructuras, desmonta nuestros castillos de naipes, hace temblar el suelo que pisamos y que, esperábamos, fuera seguro... El dolor nos sitúa ante la «nada»: «nada» sirve de asidero porque «todo» ha sido demolido o anuncia su posible final.
La guerra nos amenaza en sus múltiples variantes: el golpe de las armas, o el de los discursos de odio, la bomba del nihilismo desatado, el silencio ensordecedor de la soledad que atenaza el corazón... Necesitamos entendernos en el dolor, crecer desde el dolor, hacernos fuertes en este lenguaje común que es el dolor. El sufrimiento, afirmaba el pensador irlandés, es «el megáfono que utiliza Dios para despertar un mundo de sordos». Olvidar que el sufrimiento puede despertarnos como personas es abandonarnos al sinsentido que acecha esta experiencia y que tiene como aliado el cinismo o el fanatismo. Ciertamente, nadie se ve libre del resentimiento que, desde el dolor, se revierte en odio y afirma a Dios como el Sádico del Cosmos, pues ¿acaso podría un Dios amar el sufrimiento? Pero tampoco podemos olvidar que, de todos los modos que tenía el Mesías de cumplir su promesa de salvación, elige el dolor como lugar privilegiado para tal fin.
¿Qué tiene el dolor de especial? Si bien puede reducirnos a «bestias» abocadas a la pura supervivencia individual, también puede convertirnos en «santos», capaces de realizar un bien mayor al previsto por los cálculos naturalistas. El amor-dádiva se hace más palpable que nunca ante la compasión por el sufrimiento ajeno: se está ante «alguien» que deja de ser un ser humano corriente y merece nuestro cuidado. El dolor nos ofrece la oportunidad de desenmascarar la condición de nuestra vida, la vulnerabilidad propia y ajena, para relacionarnos sin fachadas ni pretensiones, despertando en nosotros el amor-necesidad. ¿Qué diremos del dolor? Que duele, como los golpes de cincel del escultor, pero que es el modo como aparece, en un material sin vida, la belleza... Enseñemos a nuestros niños a aceptar sus contrariedades para afrontar la vida con realismo, enseñemos a nuestros jóvenes a escucharlo para no sucumbir a la evasión, ni sepultarlo bajo los parámetros de la «extimidad» polarizada y reduccionista, enseñémonos unos a otros a abrazar el dolor como ese lugar privilegiado que puede curar nuestra sordera y enseñarnos a mirar. Ojalá se abriera el telón de nuestra vida en tantas ocasiones... una película, una canción, un libro, una conversación, unas Jornadas, unos talleres de escritura creativa, o, quién sabe, un voluntariado... pero, cuando sea porque aparece el dolor, que escuchemos su invitación a tropezar en lo inmediato con tal de apostar por lo importante. Que el dolor nos revele, como dijo un amigo, que «pase lo que pase, siempre habrá personas dispuestas a hacer el bien». Que el dolor haga de nuestras vidas una realidad en la que las varillas del reloj no sirvan para contabilizar lo que, en realidad, no es tiempo, sino eternidad.