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La ceniza no improvisa (Carola Minguet, Las Provincias)

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La ceniza no improvisa (Carola Minguet, Las Provincias)

Una imagen especialmente dolorosa en los incendios es la de quienes miran el humo desde una carretera, desde una cuneta, desde ese borde exacto en que una vida deja de poder acercarse a su propia casa. Estos días la volvemos a ver en España, en La Vall d’Uixó, San Martín de Valdeiglesias, Navaluenga o La Mierla, nombres que hasta hace nada pertenecían a la vida tranquila de sus vecinos. No miran sólo hectáreas. Miran un lugar que parecía obedecer a las leyes elementales de la estabilidad hasta que, de pronto, todo queda subordinado a una lengua de fuego que avanza con esa mezcla de furia y precisión que tienen las cosas desatadas.

El incendio posee una pedagogía brutal porque obliga a comprender en unas horas lo que normalmente tarda años en hacerse visible. Un bosque no es un decorado al fondo de nuestras vacaciones. Es sombra, oficio, senda, memoria de quienes lo han cuidado y hasta de quienes lo han atravesado sin saber que estaban recibiendo algo. Es tiempo acumulado. Por eso, cuando arde, no desaparece únicamente materia. Arde una continuidad. 

De ahí que impresione tanto el silencio posterior. Primero llega el estruendo: los helicópteros, las órdenes de evacuación, las imágenes que todos miramos con una mezcla de espanto y costumbre. Luego viene la ceniza, que es más desoladora que la llama, porque la llama todavía parece una batalla; la ceniza, en cambio, es lo que queda cuando ya no hay nada que negociar con el fuego.

En medio de todo esto, los bomberos y los voluntarios adquieren una grandeza que no necesita adornos. No hay nada más serio que quienes trabajan mientras los demás opinamos. Conviene tener pudor antes de convertir un incendio en munición de tertulia. Hay tragedias que exigen primero gratitud, silencio y respeto.

Pero tampoco sería justo quedarse sólo en la emoción inmediata. El fuego tiene una parte imprevisible, sí. El viento cambia, el calor aprieta y las condiciones climáticas vuelven los incendios más intensos y rápidos. Todo eso es verdad. Sin embargo, muchos incendios no empiezan cuando los vemos empezar. La llama aparece un día, pero la posibilidad de la llama llevaba mucho tiempo preparándose. Porque la ceniza no improvisa.

Nos gusta pensar que los desastres llegan siempre como una fatalidad. A veces es así, desde luego. Pero muchas otras encuentran trabajo adelantado. Encuentran maleza seca y descuido. Encuentran caminos cerrados, oficios rurales desaparecidos, pueblos vaciados y discursos llenos. Encuentran sensibilidad abstracta por la naturaleza y poca paciencia concreta para cuidarla. 

Porque cuidar un monte es menos brillante que llorarlo. No da tantos titulares. No produce esas fotografías tremendas que luego circulan con música dramática. Cuidar exige volver, conocer, estar. Y todo eso parece poca cosa precisamente porque, cuando funciona, no se nota.

Esto encierra una lección que nuestra sociedad soporta mal. Un cortafuegos no emociona. Un pastor no suele salir en los informativos. Una cuadrilla que limpia el monte no parece una institución de primer orden. Y, sin embargo, hay más altura en su tarea que en tantas declaraciones inflamadas sobre la defensa de la naturaleza. Un vecino que avisa, un guarda que conoce el terreno, una administración que coordina sin ponerse medallas, una comunidad que no abandona su territorio… todo eso nos parece menor porque no arde. Y, sin embargo, precisamente porque no arde, sostiene.

Acaso por eso lo despreciamos. Hemos construido una cultura que admira al héroe que llega entre llamas, pero se aburre con el hombre que evitó que las llamas empezaran. Preferimos el gesto espectacular a la lealtad callada. Pero un bosque, como una institución, no se sostiene principalmente con gestos extraordinarios, sino con cuidados repetidos. Es decir, con todo aquello que no produce aplauso hasta que falta.

El incendio real nos obliga, por tanto, a mirar el fuego real: los animales que huyen, el paisaje vuelto irreconocible, la angustia de quienes no saben si al regresar a casa encontrarán algo más que una pared ennegrecida. Sería indecente saltar demasiado pronto de esa realidad a una metáfora cómoda. Pero también sería una pobreza no escuchar lo que esa realidad nos dice. Porque el fuego, cuando arrasa, desnuda nuestra relación con lo que decíamos amar.

Y es que algo parecido ocurre en la vida común. No se rompe un matrimonio el día en que estalla la discusión definitiva; llevaba tiempo acumulando reproches y conversaciones aplazadas. Ni se desfigura de golpe una escuela o una universidad; antes ha ido perdiendo el respeto por lo que enseña, por lo que exige y por lo que entrega. Tampoco se hunde un gobierno cuando aparece el escándalo, sino desde que acepta combustiones como si fueran parte del paisaje. La llama es la noticia. La sequedad era la historia. 

De ahí que resulte tan peligrosa la costumbre de vivir apagando fuegos. Parece una forma de eficacia y, sin embargo, puede ser una forma de irresponsabilidad. El que sólo apaga incendios termina creyendo que todo empieza cuando suena la alarma. Y entonces llega siempre tarde, aunque acuda corriendo. La prevención es una palabra fea para una realidad hermosa. Deberíamos encontrarle otro nombre. Quizá fidelidad. Porque cuidar no consiste sólo en acudir cuando algo se rompe, sino en vivir de tal manera que algunas rupturas no lleguen a producirse. 

Tal vez los incendios nos coloquen, cada verano, ante una pregunta más seria. Si el monte es sólo paisaje de fin de semana, si el campo es únicamente una reserva sentimental para urbanitas fatigados, si convertimos la naturaleza en una bandera ideológica para reducirla a eslóganes y agendas, entonces el fuego encontrará algo más que combustible. Encontrará una civilización distraída.

Y quizá ése sea uno de nuestros mayores peligros: vivir distraídos de lo que nos sostiene. Creemos que el árbol que trepábamos de niños seguirá ahí porque lo recordamos. Que la familia, las instituciones y hasta la fe permanecerán en pie aunque nadie las alimente. Pero nada vivo se conserva por inercia. Lo que no se cuida, se seca. Y lo que se seca queda a merced de cualquier chispa.

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