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Cuando se apague el sol (Carola Minguet, Las Provincias)

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El próximo miércoles, millones de españoles mirarán al cielo. En un país acostumbrado a bajar la cabeza hacia móviles, notificaciones y titulares, que de pronto tanta gente levante la mirada al mismo tiempo no es poca cosa. Durante unos minutos, el sol se ocultará y ocurrirá algo que cada vez toleramos peor: se nos impondrá una realidad que no hemos diseñado nosotros.

Y es que vivimos rodeados de fenómenos fabricados. Hay emociones administradas, paisajes convertidos en decorado, rebeldías patrocinadas y hasta silencios con música ambiental. El eclipse, en cambio, llegará sin pedirnos opinión ni adaptarse a nuestra agenda. La luna pasará por delante del sol con una puntualidad que deja en ridículo a casi todas nuestras instituciones. Y nosotros, tan expertos en organizarlo todo, sólo podremos mirar.

O grabar, naturalmente. Habrá quien contemple el eclipse a través de la pantalla del teléfono, como si la realidad necesitara ser reducida a archivo para existir del todo. Nuestra época padece una extraña incapacidad para vivir aquello que no puede exhibir. Ya no basta con que algo suceda; tiene que dejar constancia de que nosotros estuvimos allí. Hemos sustituido la contemplación por la acreditación.

Pero el cielo no necesita nuestros certificados.

Quizá por eso fascinan tanto los eclipses. No únicamente porque oscurezcan el día, sino porque nos recuerdan que la oscuridad no es una palabra sencilla. Puede ser misterio: el límite de nuestra mirada, la zona que no podemos poseer ni explicar por completo. Hay oscuridades fértiles, como la de la tierra donde germina una semilla o la del vientre donde comienza una vida. Pero también hay una oscuridad que es engaño, frío, miedo y extravío. Hay una noche que protege y otra que devora. 

Ahora bien, la sombra nunca es soberana. Para existir necesita una luz que ocultar. No crea nada: se interpone. La mentira trabaja sobre verdades que no ha inventado; la fealdad desfigura formas que no sabría engendrar; hasta el odio reconoce el valor de aquello que desea destruir. Desmontar, negar o ensuciar lo recibido no equivale a fundar algo nuevo. El que rompe un reloj puede sentirse durante unos segundos dueño del tiempo, aunque sólo haya conseguido quedarse sin hora.

Tal vez por eso hemos llenado las noches de bombillas, las casas de pantallas y los bolsillos de dispositivos. Creíamos haber expulsado toda penumbra. Y de pronto, en pleno día, la luz se retirará y volveremos por unos momentos a nuestra condición de criaturas.

La palabra criatura incomoda. Preferimos usuario, cliente, contribuyente o cualquier otra fórmula administrativa que nos permita fingir que venimos de nosotros mismos. Pero basta que el sol desaparezca un instante para que reaparezca una verdad que ninguna tecnología consigue borrar del todo: dependemos de una luz que no producimos, de un orden que no hemos inventado, de una tierra que no hemos fabricado y de un cosmos que no empezó con nuestra opinión ni terminará con nuestro cansancio.

Hay algo saludable en esa cura de humildad. Es la misma que sentimos ante una montaña, ante un niño recién nacido o ante una noche de estrellas no arruinada por farolas. Una experiencia de pequeñez que no nos aplasta, sino que nos recoloca. Porque nos volvemos insoportables cuando olvidamos nuestro tamaño. Tal vez una de las enfermedades de nuestro tiempo consista precisamente en haber confundido la dignidad con la desmesura.

El eclipse, además, encierra una paradoja hermosa: necesitaremos que se oscurezca el sol para reparar en él. Nos ocurre a menudo. Hay realidades que sólo advertimos cuando se interrumpen: la salud cuando falta, la paz cuando se rompe, el silencio cuando desaparece, la amistad cuando se enfría, la familia cuando se resquebraja, la fe cuando se apaga.

Mientras permanecen ahí las tratamos como si formasen parte del mobiliario del mundo. Están, sencillamente, y suponemos que seguirán estando. Luego llega una sombra y descubrimos que eran un milagro.

Tampoco deja de ser curioso que se hayan organizado viajes y reservas para contemplar durante unos minutos algo que, en realidad, ocurre cada día: que hay luz. La diferencia es que normalmente no la miramos. La usamos. La damos por supuesta.

Por eso el momento más impresionante quizá no sea cuando el sol desaparezca, sino cuando regrese. La oscuridad, que suele tener demasiados propagandistas, provocará exclamaciones, fotografías y algún estremecimiento ancestral. Pero será la primera franja de luz, al reaparecer, la que nos recuerde que la luz no es una propiedad, sino una visita diaria. 

Por supuesto, tampoco conviene ponerse demasiado solemnes. Habrá quien reduzca el eclipse a una oportunidad turística, quien venda experiencias cósmicas con merienda incluida y quien grabe el oscurecimiento para las redes sociales sin levantar realmente la mirada. Somos así. Si Moisés bajara hoy del Sinaí, alguien le pediría que repitiese la escena en vertical y procurase no tapar el logotipo del patrocinador.

También aparecerán los expertos para advertir de si el eclipse es progresista o conservador, sostenible o contaminante, inclusivo o reaccionario. No faltará quien sospeche que el sol se ha ocultado para beneficiar a algún adversario político.

Pero incluso entonces, entre filtros, tráfico, tertulias y ofertas de alojamiento, el cielo conservará su autoridad. El eclipse seguirá su curso sin leer nuestras columnas ni atender a nuestros agravios.

El miércoles, durante unos minutos, millones de personas levantarán la cabeza. Tal vez necesitábamos que algo nos sacara de nuestros techos bajos; que el día se apagara un instante para recordar que no todo cabe bajo nuestro pulgar.

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