“Se ha difundido una visión apocalíptica, la idea de que está cerca el fin del mundo”

J. Ignacio Murillo, catedrático de Filosofía

“Se ha difundido una visión apocalíptica, la idea de que está cerca el fin del mundo”

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“Se ha difundido una visión apocalíptica, la idea de que está cerca el fin del mundo”

El catedrático de Filosofía de la Universidad de Navarra José Ignacio Murillo, investigador principal del Grupo Mente-Cerebro de la misma institución académica, impartió recientemente una conferencia en la Universidad Católica de Valencia (UCV), invitado por su Facultad de Filosofía, Letras y Humanidades.

Desde conceptos como el de «desarrollo humano», pasando por cuestiones como la epigenética, la neuroética, el autismo, la dislexia o la gestión emocional, el grupo de investigadores que dirige Murillo intenta fomentar un diálogo entre las distintas corrientes filosóficas contemporáneas en torno a las preguntas que plantea la neurociencia. Los interrogantes son muchos y decisivos para el ser humano.

Empecemos hablando sobre el final, don José Ignacio. En su conferencia en la UCV ha hablado largo y tendido sobre el futuro de la humanidad, así que permítame la chanza.  ¿Qué acabará antes con la humanidad: el cambio climático, el transhumanismo o la inteligencia artificial?

(Ríe) Ojo, que los defensores del transhumanismo te dirían que este no acabará con los seres humanos, sino que dará sentido a su existencia creando algo mucho mejor.

Vaya por Dios.

Dejando ahora a un lado las consideraciones filosóficas al respecto de esos tres fenómenos, debemos reconocer que, desde muchos sectores de la sociedad -religiosos o no-, se ha difundido una visión apocalíptica, la idea de que nos hallamos en el fin de los tiempos. Estas visiones resultan comprensibles porque es cierto que hoy ocurren cosas muy nuevas, que se suceden unas a otras y que no sabemos qué decir acerca del futuro. Pero nos hemos obsesionado, por ejemplo, con  la idea de que el hombre está provocando el cambio climático y que este será catastrófico, al punto de acabar con la vida en la Tierra.

Desde el punto de vista cristiano, no sabemos cuándo llegará el fin de los tiempos. Siempre bromeo al respecto cuando alguien me plantea la cuestión. Digo que me gustaría que el fin nos pille en un momento un poquillo mejor a los seres humanos.

No comparte, entonces, esa visión apocalíptica.

No. Creo que el problema está en que tenemos una visión demasiado anancástica -término que define la personalidad de alguien con una preocupación patológica por el perfeccionismo y el orden- de la historia y de los seres humanos, como si estuvieramos en manos de un destino totalmente arbitrario, que puede tomar la forma de la IA, el clima u otros factores. Es cierto, necesitamos ser conscientes de que no controlamos todo, pero también lo es que somos libres. Cómo será la humanidad futura depende, en gran medida, de lo que nosotros queramos y hagamos.

¿Qué receta tiene para evitar la distopía?

De entrada, no conseguiremos una sociedad mejor si no nos lo proponemos. Mi fórmula, por llamarla de algún modo, parte de la necesidad de una mayor autoconciencia de la libertad del hombre, de las propias posibilidades humanas, y de poner estas en juego para alcanzar los objetivos deseados.

No somos dueños de lo que va a suceder, pero las personas somos libres, aunque haya neurocientíficos que lo nieguen y afirmen que hacemos lo que dice nuestro cerebro. Esa idea, que es falsa -por supuesto que somos dueños de nuestras acciones y podemos hacer las cosas mejor-, condiciona cómo vemos el futuro e influye negativamente en el mismo.

Hablando de ser libres, usted ha reflexionado en el pasado sobre la relación entre el cuerpo y la libertad. ¿Qué opina de la actual cultura de la promiscuidad sexual? ¿Somos ahora más libres que durante la milenaria “represión” de la moral cristiana?

Sin duda, no, porque ha hecho que desconozcamos nuestra propia realidad. El filósofo católico Robert Spaemann hizo un diagnóstico según el cual nuestra cultura -especialmente desde Descartes- vive en una especie de dualismo. Por un lado, es naturalista -todo puede explicarse con la ciencia- y, por otro, cree en una suerte de espíritu del ser humano. El problema es que no hay modo de conciliar ambas posiciones entre sí, y, cuando el espíritu intenta entenderse a sí mismo, se dice que sólo es una manifestación de la naturaleza.

Entender que el cuerpo es algo material con lo que puedo hacer cosas es realizar una división ajena a una concepción correcta de la libertad humana. Efectivamente, somos libres y no nos agotamos en nuestra corporalidad, pero el cuerpo es el lenguaje con el que se expresa nuestra libertad. No aceptar nuestra naturaleza es como querer hablar sin aceptar el significado de las palabras o las reglas de la gramática.

¿Cuál es el destino del analfabeto naturalista?

Si tu conducta es promiscua llegarás a un punto en que habrás destruido de tal manera el repertorio de signos que serás incapaz de expresar el amor. O al contrario, si alguien considera que la sexualidad no es una expresión de la persona, sino simplemente el seguimiento de una serie de impulsos instintivos, quedará desconectado de la libertad.

Álvaro Pascual-Leone, catedrático de Neurología en Harvard, habló en la UCV de que el hombre empieza a tener capacidad tecnológica para crear terapias de salud cerebral de mayor precisión y se preguntaba: ¿podremos cambiar la manera de pensar de alguien? ¿será ético hacerlo? Menudo palo para la libertad, ¿no cree?

Bueno, siempre han existido métodos positivos para cambiar de manera de pensar a las personas. La misma enseñanza sería un ejemplo de ello. Durante la Guerra Fría se habló mucho del lavado de cerebro, y puede que en el futuro esto sea posible, pero más que anular tu libertad será parecido a experimentar una enfermedad. A no ser que se eliminen, por ejemplo, los sesgos que tenemos, esos pensamientos irracionales que nos impiden ver la realidad como es. Eso sí sería deseable.

¿Es posible escapar del sesgo de confirmación, esa tendencia a favorecer y buscar la información que confirma las propias creencias?

Solamente mediante la educación y la virtud. En primer lugar, hay que decidir libremente salir de ese límite mental que todos tenemos. Cualquier otro sesgo, como tener una inclinación a ver la realidad fijándose más en las cosas negativas, se supera con autocrítica, dándonos cuenta de que muchas veces nuestras aproximaciones espontáneas a la realidad están condicionadas por nuestra historia pasada.

Para ser consecuente con esa autocrítica es necesaria la virtud, desarrollar el amor a la verdad y tener confianza en que el conocimiento de esta siempre será mejor que cualquiera de nuestros sesgos.

La virtud no tiene hoy abuela que la alabe, un concepto que suena jurásico en los oídos de la generación Z.

Hay que explicarles que la virtud significa potenciar nuestras capacidades superiores, la capacidad de conocer y reconocer la realidad tal como es, y nuestra capacidad de reflexionar racionalmente para hacer lo que consideramos bueno y no lo que aparece en un primer momento como bueno.  La virtud es potenciar la libertad.

Alcanzar la virtud es algo complicado. A veces, incluso preferimos mantenernos en el error. Y lo hacemos porque no tenemos la fortaleza y la templanza necesarias, y no somos lo justos que deberíamos ser.

Hablar de la realidad “tal como es” lo acerca al peligroso concepto de verdad. Supongo que sabe que ya no existe “la verdad” sino “mi verdad” y “tu verdad”.

La verdad está muy devaluada, sí. Una explicación de ello es que el poder ha abusado de él, tratando de imponer lo que el potentado de turno consideraba que era verdad o que todos debían considerar que lo era. El problema de eliminar la idea de verdad es que entonces sólo queda el poder.

La verdad es un correctivo para el ansia de poder que tenemos todos los seres humanos. Repito: todos; especialmente en el caso de aquellos con más recursos. La única forma de contrarrestar ese afán desmedido es difundir el amor a la verdad, que es apertura y no está del todo dada.

La realidad nos desborda, pero merece la pena buscar la verdad, intentar entender mejor las cosas, porque eso es lo que nos hace libres. De lo contrario, vivimos en un mundo falso, dentro de una burbuja que la realidad reventará en algún momento y quedaremos desconcertados.

Sus reflexiones han rondado una cuestión que el neurocientífico Anil Seth ha tratado en su nuevo libro. Dice que la noción de alma quizás ya no es necesaria. Entre él y Eduardo Punset, que afirmaba que “el alma está en el cerebro”, parece que la ciencia quiere jubilar este concepto.

Los neurocientíficos son a veces naturalistas porque no tienen una explicación mejor para lo que se encuentran en el laboratorio. Sucede con el conepto de alma, la idea de que somos algo más que nuestro cuerpo. Ésta forma parte de nuestra capacidad de conocer la realidad y de quererla. Así, en el hombre existe un principio vital que no es como el de los animales o las plantas.

Los intentos de la neurociencia por explicar cómo el cerebro produce la subjetividad o el yo son muy pobres. Lo único que pueden hacer es señalar cúales son los correlatos neurales de la experiencia de que yo piense en mí mismo, de ser consciente de mí mismo... pero el funcionamiento del cerebro no consigue  explicar que seamos capaces de conocer el propio cerebro, que seamos capaces de querer libremente a otros.

Lo diga Seth o Punset, reducir el alma al funcionamiento del cerebro resulta una osadía bastante risible. El cambio que la ciencia debe experimentar para llegar a explicar qué es el yo, el alma, la conciencia o la libertad, le obliga a ser una metafísica. La ciencia empírica nunca podrá afrontar estas cuestiones, porque le exceden

El papa Francisco dijo recientemente que vivimos una “epidemia de soledad”; lo tenemos casi todo a un click y no hace falta salir de casa. La gente tiende a relacionarse menos, refugiada en sus dispositivos tecnológicos. Menudo caldo de cultivo para las adicciones, ¿no es cierto?

Así es. Además de los cauces tecnológicos por los que nos llegan los estímulos adictivos, creo que la propensión que existe hoy a las adicciones tiene que ver, como decías, con problemas culturales, psicológicos, y relacionales.

En muchos casos de adicción nos encontramos con la desestructuración de la familia, la superficialidad de las relaciones personales, ya sean de amistad o amorosas, el individualismo y, por supuesto, la enorme falta de objetivos por los que merezca la pena esforzarse en la vida.

Cuando el sentido trascendente, el sentido religioso, viene a menos, uno se siente abocado a satisfacer sus deseos de felicidad con lo primero que se le presenta. Así es fácil caer en adicciones.

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