Miércoles de ceniza: inicio de conversión (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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Entramos en la Cuaresma. Emprendemos de nuevo este camino que lleva a la meta de la paz que se nos otorga en Cristo, crucificado y resucitado por nuestros pecados para la redención de todos. Emprendemos una senda de penitencia. Es tiempo de gracia, hora del arrepentimiento, día de salvación. Ojalá acojamos la poderosa llamada de Dios que nos urge de nuevo a renovar nuestra fidelidad a su palabra y a su amor. No le cerremos nuestro corazón. Escuchemos su voz. Abramos nuestras puertas al Redentor, a Cristo Resucitado; que El nos renueve y convierta. Fijemos con atención nuestra mirada en la sangre de Cristo, y reconozcamos cuán preciosa ha sido a los ojos de Dios su Padre, pues, derramada por nuestra salvación alcanzó la gracia del perdón y de la reconciliación para todo el mundo.

Dice el Señor: «Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro; porque es compasivo y misericordioso». (Jl 2, 12-14). «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc. 1.14). Estas palabras con que la Iglesia nos apremia en el miércoles de Ceniza deberían penetrar en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra mente. Todos hemos pecado. Lloremos humildemente nuestros pecados y acerquémonos a Dios, lento a la cólera y rico en piedad. Todos tenemos necesidad de la reconciliación con Dios y con los hermanos. «Os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios» (2 Cor, 5, 20). Todos estamos necesitados de la misericordia entrañable de Dios, «que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta, cambie de conducta y viva» (cf. Ez 18,23).

Abandonemos el camino del egoísmo y recorramos el camino de la adhesión a la verdad y al amor de Dios. Esta es la senda que ahora emprendemos y por la que hemos de encaminar nuestros pasos para la renovación de la Iglesia y de la sociedad. Nuestra conversión es el mejor servicio que podemos prestar al mundo. Si con nuestro pecado hacemos opaca la obra de Dios sobre los hombres, con nuestra conversión se restaura la claridad del testimonio humanizador y liberador que brota del Evangelio. La Iglesia nos invita a escuchar con más asiduidad, en este tiempo, la Palabra de Dios, a dedicarnos con mayor ahínco a la oración, a la penitencia y al ayuno, y a entregarnos más decididamente a las obras que manifiestan la caridad de Dios. Estos medios, relacionados entre sí, no han perdido vigencia en nuestro tiempo. Al contrario, son tanto más necesarios cuanto más preteridos se hallan.

Con las privaciones voluntarias Dios nos enseña a reconocer y agradecer sus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así la generosidad del mismo Dios: «Sed misericordiosos y alcanzareis misericordia; perdonad y se os perdonará; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad, y se os dará; no juzguéis, y no os juzgarán». Para esto, precisamente, para mantener viva esta actitud de acogida y atención a los hermanos, animo a todos, a mí el primero, a las parroquias y comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales, y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido. También hoy hay que redescubrir esta práctica del ayuno y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

No olvidemos la quiebra de humanidad, nuestros pecados. Por eso los cristianos sentimos en esta Cuaresma la llamada a la conversión. Muchos mueren por falta del pan de cada día, pero también por pretender vivir sólo de pan, de bienestar o de disfrute a coste de lo que sea, en que se vive como si Dios no existiera, al margen de El, en la soledad más radical de nuestra miseria.

Nuestra conversión implica el anuncio del Evangelio en obras y palabras. Ser testigos de que es nuestra reconciliación y paz, la luz y la justicia verdadera, la esperanza y la salvación para todos. La Cuaresma es un tiempo favorable para recomponer nuestra existencia y reajustar nuestros criterios de acuerdo con el Evangelio de Jesucristo. Que surja la sociedad nueva, renovados según Cristo, que nos haga capaces de comunicar esta certeza y esperanza, para que la luz de Cristo resucitado que da el Espíritu se difunda en toda la sociedad.

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