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Eutanasia y enfermedad mental: una frontera ética que no podemos ignorar (Julio Tudela, Las Provincias)

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Eutanasia y enfermedad mental: una frontera ética que no podemos ignorar (Julio Tudela, Las Provincias)

El caso de Noelia, la joven de 24 años cuya eutanasia se ejecutó ayer en Barcelona, vuelve a situar en el centro del debate una de las cuestiones más delicadas de nuestro tiempo: la propia licitud y los límites éticos, médicos y jurídicos de la eutanasia, especialmente cuando entran en juego trastornos mentales.

Noelia padecía una lesión medular como consecuencia de un intento de suicidio ocurrido en 2022. Desde entonces vivió en un centro sociosanitario y se desplazaba en silla de ruedas. Solicitó por primera vez la eutanasia en 2024, y su caso atravesó un complejo recorrido judicial, marcado por recursos, suspensiones cautelares y resoluciones contradictorias. Finalmente, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazó paralizar el procedimiento, lo que permitió que el proceso siguiera adelante.

Más allá de los aspectos legales, el caso plantea preguntas de fondo que afectan directamente a la concepción misma de la medicina, del cuidado y de la dignidad humana. La primera de ellas es si una persona con un historial de enfermedad mental y, en este caso, con un intento previo de suicidio, puede ser considerada plenamente capaz de tomar una decisión libre, autónoma y estable en el tiempo sobre su propia muerte.

La legislación vigente reconoce la autonomía del paciente como un principio fundamental. Sin embargo, la autonomía no puede entenderse como un concepto aislado ni absoluto. En el ámbito de la salud mental, la capacidad de decisión requiere una evaluación especialmente rigurosa porque el sufrimiento psíquico puede condicionar de forma profunda la percepción de la realidad, la esperanza y el deseo de vivir.

Diversos estudios han demostrado que el deseo de morir en pacientes con trastornos mentales no suele ser estable, sino fluctuante y altamente influido por factores tratables, como la depresión, la soledad o el dolor emocional. Esto obliga a preguntarse si, en estos casos, la respuesta adecuada debe ser facilitar la muerte o redoblar los esfuerzos terapéuticos y de acompañamiento.

En este sentido, resulta especialmente preocupante la ausencia de protocolos obligatorios que garanticen que un paciente con enfermedad mental haya recibido una atención psicológica y psiquiátrica adecuada antes de autorizar la eutanasia. Cuando este requisito no está claramente establecido, existe el riesgo de que decisiones irreversibles se adopten sin haber explorado plenamente las posibilidades de tratamiento.

El caso de Noelia parece situarse precisamente en esa zona de incertidumbre. Según ha trascendido, tenía reconocida una discapacidad significativa por trastorno mental antes de su intento de suicidio, y su situación posterior agravó aún más su estado. Esto sugiere que el sufrimiento que expresaba no pudiera entenderse únicamente en términos físicos, sino que tenía una raíz compleja en la que lo psicológico desempeñaba un papel determinante.

Ante este escenario, cabe preguntarse si la eutanasia no está siendo, en algunos casos, la respuesta a un fracaso previo: el fracaso de un sistema que no ha sabido, o no ha querido, ofrecer alternativas reales de tratamiento, cuidado y acompañamiento. Cuando una persona pide morir, lo que muchas veces está expresando es una necesidad de ayuda que no ha sido satisfecha.

La medicina, desde sus orígenes, ha tenido como finalidad curar cuando es posible, aliviar cuando no lo es, prevenir el sufrimiento y cuidar y acompañar al paciente en todas las etapas de la vida. Convertir la muerte en una prestación sanitaria, especialmente en contextos de vulnerabilidad psíquica, supone una transformación profunda de ese marco ético.

Por otra parte, el hecho de que una decisión sea “firme, libre y autónoma” no implica necesariamente que deba ser ejecutada sin más. La sociedad establece límites a la autonomía individual cuando están en juego bienes fundamentales como la vida. Lo hacemos en múltiples ámbitos: desde la prevención del suicidio hasta la protección de personas vulnerables frente a decisiones que pueden perjudicarles de manera irreversible.

En este sentido, la eutanasia aplicada a pacientes con enfermedad mental plantea una tensión difícil de resolver entre el respeto a la autonomía y el deber de protección. Inclinar la balanza exclusivamente hacia el primero puede llevar a desatender el segundo, con consecuencias éticas de gran calado.

El caso de Noelia no es solo un caso individual. Es un síntoma de una cuestión más amplia que interpela a toda la sociedad: cómo queremos cuidar a quienes sufren, especialmente cuando ese sufrimiento no es solo físico, sino también emocional y psicológico.

Si la respuesta que ofrecemos es facilitar la muerte -con la cooperación de los sanitarios implicados- sin haber agotado previamente todas las vías de tratamiento y acompañamiento, corremos el riesgo de normalizar una forma de abandono que contradice los principios más básicos de una sociedad que aspira a ser verdaderamente humana.

En última instancia, el debate sobre la eutanasia no es solo un debate jurídico o médico, sino profundamente antropológico. Nos obliga a preguntarnos qué valor otorgamos a la vida, a la vulnerabilidad y qué tipo de sociedad queremos construir: una que acompaña, cuida y sostiene… o una que, ante el sufrimiento, opta por eliminar al que sufre.

La causa de muerte que figura -por imperativo legal- en el parte de defunción de Noelia es “muerte natural”. ¿Es natural matar a un paciente? Descanse en paz.

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