Educación responsable (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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La cuestión ecológica, no lo olvidemos, tiene que ver mucho con la educación, centrada en la persona, inseparable del cosmos, de la creación, de la naturaleza, y en la formación de la persona para que actúe, en conformidad con su identidad, responsablemente, y respetando fi elmente la dignidad inviolable que le corresponde a cada ser humano, con derechos y deberes fundamentales y universales, entre los que destaca como primero el derecho y el deber de la vida. Y por eso es preciso, dentro de una ecología integral, alentar la educación de una responsabilidad ecológica que salvaguarde una auténtica «ecología humana» y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza.

El problema decisivo, pues, será la capacidad moral global de la sociedad. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación, el que reclama una correcta concepción de la relación del hombre con la naturaleza –la suya propia–, más aún, el que exige un reconocimiento de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación.

Se entiende así lo que con tanto vigor dijo ya el Papa Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in Veritate: «Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no les ayudan a respetarse a sí mismas. (Aquí es donde habrá que situar las bases del llamado «Pacto escolar»)». Esta manera de ver las cosas queda asumidas y reafirmadas por el Papa Francisco, con grandísimo vigor, en su encíclica Laudato Sí.

Todo esto requiere un ulterior y último fundamento, dentro de una ecología integral: la verdad, y el amor que la persona desvela, no se pueden producir, sólo se pueden acoger. Su última fuente no es, ni puede ser, el hombre, sino Dios, o sea Aquel que es Verdad y Amor. Este principio es muy importante para la sociedad y el desarrollo, en cuanto que ni la Verdad ni el Amor pueden ser sólo productos humanos; la vocación misma al desarrollo de las personas y de los pueblos no se fundamenta en una simple deliberación humana, sino que está inscrita en un plano que nos precede y que para todos nosotros es un deber que ha de ser acogido libremente. Lo que nos precede y constituye –el Amor y la Verdad subsistentes– nos indica qué es el bien y en qué consiste nuestra felicidad. Nos señala así el camino hacia el verdadero desarrollo (CV 52), que es inseparable de una ecología integral. Este magisterio de la Iglesia sobre el tema ecológico es un faro de luz para proseguir el camino que Dios nos marca en la creación y en la redención.

Por último, me van a permitir, una concreción obligada en la situación actual refiriéndome a las legislaciones y son contradictorias. El aborto es incompatible con una ecología integral; la ideología de género es contradictoria con la ecología en general, y todavía más con una ecología integral. Urge superar la ideología de género, si queremos salvar el planeta, al hombre, como era urgente superar el marxismo y su concreción el comunismo, si queremos recuperar la verdad, la verdad del hombre y salvaguardar el futuro de la sociedad.

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