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¿Estará bien porque lo has decidido? (José Manuel Pagán, Las Provincias)

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¿Estará bien porque lo has decidido? (José Manuel Pagán, Las Provincias)

Quizás decidas abortar. Y estará bien». «Decidas lo que decidas, estará bien». Los lemas de la campaña del Ministerio de Sanidad pretenden transmitir comprensión, evitar el estigma y asegurar a la mujer que su decisión será respetada. Pero contienen una afirmación de enorme y peligroso alcance: lo que decidas estará bien porque lo has decidido tú.

Y aquí comienza el verdadero debate. Una sociedad que quiere cuidar a las personas debe ofrecer algo más que la validación de su elección: necesita ayudarles a mirar la realidad, las consecuencias y el bien que está en juego.

Una de las transformaciones culturales más profundas de nuestro tiempo afecta a la relación entre verdad y libertad. Durante siglos entendimos que la libertad necesitaba conocer la realidad y el bien para poder orientarse. Éramos libres no simplemente cuando podíamos elegir, sino cuando estábamos en condiciones de elegir aquello que reconocíamos como verdadero y bueno.

Hoy parece que invertimos los términos. Ya no es la verdad la que orienta y hace posible una libertad plenamente humana; es la libertad la que parece autentificar lo elegido. Si lo he decidido autónomamente, si expresa quién quiero ser y nadie me lo ha impuesto, entonces mi decisión adquiere por ello una presunción de bondad.

Pero ¿basta elegir algo para convertirlo en bueno?

La pregunta no pretende minusvalorar la libertad. Precisamente porque la libertad constituye una de las dimensiones más elevadas del ser humano, debemos tomarla en serio. Y tomarla en serio significa reconocer que podemos emplearla bien o mal. Podemos elegir libremente la generosidad o el egoísmo, la fidelidad o la traición, cuidar al vulnerable o desentendernos de él.

La libertad de elegir no convierte en bueno lo elegido.

Hace casi veinticinco siglos, Sófocles formuló en Antígona una cuestión semejante desde el otro extremo. Creonte, rey de Tebas, prohíbe dar sepultura a Polinices. Antígona desobedece porque considera que existen exigencias de justicia anteriores al decreto del gobernante. No niega que Creonte tenga poder para dictar la ley, niega algo mucho más importante: que tenga poder para convertir automáticamente en justo cuanto ordena.

La tragedia plantea así una de las preguntas fundamentales de nuestra civilización: ¿algo es justo simplemente porque la ley lo permite?

La experiencia histórica obliga a responder que no. De otro modo, ni siquiera podríamos hablar de «leyes injustas». Si la ley positiva determinara por sí misma el bien y el mal, cualquier conducta legal debería considerarse moralmente correcta. Sabemos que no es así.

Estar amparado por la ley puede librarnos de responsabilidad penal; no necesariamente de responsabilidad moral. Y ésta es precisamente una de las grandes conquistas de la idea de derechos humanos: existen dimensiones de la dignidad de la persona que el Estado debe reconocer porque no proceden del Estado.

Antígona recuerda al poder algo que también necesita recordar el individuo: ni la ley crea por sí sola la justicia ni la libertad crea por sí sola la verdad.

Esta doble advertencia resulta especialmente pertinente cuando el aborto deja de presentarse como una conducta despenalizada en determinadas circunstancias y pasa a ser considerado un «derecho».

No se trata de equiparar nuestro Estado democrático con la Tebas de Creonte. Sería absurdo. Se trata de algo más elemental: que una conducta sea legal no resuelve la pregunta acerca de su bondad. Y cuando una campaña institucional afirma «Decidas lo que decidas, estará bien», cruza precisamente esa frontera. Ya no informa únicamente sobre lo permitido, emite un juicio moral: cualquiera de las opciones será igualmente buena.

Pero aquí aparece la pregunta que el lema parece eludir: ¿qué sucede cuando mi decisión afecta radicalmente a otro?

En un embarazo no existe únicamente alguien que decide. Existe también una vida humana en desarrollo, radicalmente dependiente e incapaz de defender sus propios intereses. Hay alguien que decide y alguien sobre quien se decide.

Todo depende entonces de cómo entendamos la dignidad humana.

Si ésta procede de la autonomía, el individuo capaz de decidir tendrá inevitablemente mayor consideración que quien todavía no puede hacerlo. Pero semejante criterio resulta inquietante cuando lo aplicamos coherentemente. Tampoco el recién nacido es autónomo; ni el enfermo inconsciente; ni algunas personas con discapacidades profundas; ni, en determinados momentos, el anciano dependiente.

Nuestra vulnerabilidad no nos hace menos humanos.

Más bien debería suceder lo contrario: cuanto menor sea la capacidad de una persona para defenderse, mayor debería ser nuestra responsabilidad de protegerla. Ésta es una intuición profundamente arraigada en la cultura de los derechos humanos: la dignidad no aumenta con la fuerza ni disminuye con la dependencia. El genetista Jérôme Lejeune lo expresaba mediante un criterio particularmente exigente para juzgar el grado de humanidad de una sociedad: la calidad de una civilización se mide por el respeto que dispensa a sus miembros más débiles. Porque es precisamente ante quien no puede exigir, reclamar ni defenderse donde se descubre si reconocemos la dignidad como algo inherente a todo ser humano o como un privilegio reservado a quienes poseen suficiente autonomía para hacerla valer.

Por eso conviene preguntarse qué significa exactamente convertir el aborto en un «derecho». Un derecho no es simplemente una conducta permitida; es una pretensión que consideramos justa y cuya protección exigimos a la comunidad política. De ahí que despenalizar, permitir y proclamar un derecho sean cosas diferentes.

Nada de esto significa ignorar a la mujer que afronta un embarazo difícil. Puede haber miedo, precariedad, abandono de la pareja, presión familiar o angustia ante el futuro. Una sociedad que se limitara a decir «no abortes» y después dejara sola a la madre también habría fracasado moralmente.

Pero quizá tampoco sea suficiente decirle: «Decidas lo que decidas, estará bien». Bajo la apariencia del máximo respeto puede esconderse una forma muy contemporánea de abandono: tú eliges y tú soportas las consecuencias.

Respetar a una mujer no consiste en decirle que cualquier decisión estará bien antes de escuchar su situación. Consiste en acompañarla sin presionarla, ofrecerle ayuda real y hablarle con verdad sobre todas las vidas implicadas. Una sociedad solidaria no abandona a quien afronta un embarazo difícil detrás de un eslogan: se acerca, sostiene y crea las condiciones para que ninguna mujer crea que solo puede salir adelante eliminando a su hijo.

Quizá, entonces, esta campaña revele una cuestión que va mucho más allá del aborto. Estamos pasando de preguntarnos «¿qué es bueno para poder elegirlo?» a preguntarnos «¿qué he elegido para poder llamarlo bueno?».

Sófocles nos recuerda que la ley no crea la justicia. Nuestra propia experiencia debería recordarnos que la libertad tampoco crea la verdad. Una sociedad madura necesita ambas cosas: libertad para elegir y verdad para saber qué merece ser elegido.

Porque, cuando está en juego la vida de otro, no basta preguntar: «¿puedo hacerlo?». Hay una pregunta anterior y más humana: «¿está bien hacerlo?».

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