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Serás juez... o quizá no (José Manuel Pagán, Las Provincias)

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Serás juez... o quizá no (José Manuel Pagán, Las Provincias)

En la campaña publicitaria de las “becas SERÉ”, del Gobierno de España, dirigida principalmente a jóvenes aspirantes a servir como funcionarios públicos de la Administración de Justicia, se les dice con rotundidad que: “Serás Juez”, “Serás Fiscal”, “Serás Abogado del Estado”. Y yo me pregunto, ¿puede constituir esta campaña un ejemplo de publicidad engañosa? No lo sé, quizá, pero lo que sí evidencia es una determinada visión del ser humano, que no ayuda a nuestros jóvenes.

Expresiones como las referidas u otras que dominan el lenguaje publicitario (Just do it –“Hazlo”-, Impossible is nothing –“Nada es imposible”-) presentan la libertad como poder absoluto, como si el ser humano pudiera darse a sí mismo su propio origen, su propio sentido y su propio fin.

Sin embargo, una mirada más atenta de la realidad humana nos muestra algo distinto. La persona no se crea a sí misma; recibe la vida, recibe talentos, recibe incluso el deseo de plenitud que lo impulsa a actuar. Cuando se olvida esta dimensión de don, la libertad se vuelve frágil, porque se apoya únicamente en sí misma y termina por chocar con el límite de lo real; y entonces, aparece la experiencia inevitable de la frustración.

La frustración, en este sentido, no es simplemente un fracaso negativo; puede convertirse en una forma de verdad. Es el momento en que la persona descubre que no es absoluto, que su voluntad no es omnipotente, y que su realización no consiste en imponerse sobre la realidad sino en acogerla y comprenderla.

Cuando se dice al joven “puedes ser cualquier cosa”, sin más, se corre el riesgo de cargar sobre sus hombros un peso imposible. Se le invita a creer que todo depende de él; pero el ser humano encuentra su grandeza precisamente en el encuentro entre su libertad y la verdad de su ser. La vocación no es una auto-invención arbitraria, es una respuesta a una llamada que se descubre en lo profundo de la propia existencia.

Muchos jóvenes crecen convencidos (porque así se les dice, una y otra vez) que la vida depende exclusivamente de su deseo, de su intensidad, o de su capacidad de imponerse sobre los límites. Se les educa en la expectativa de una autonomía casi absoluta: basta querer para poder; basta atreverse para conquistar; basta soñar para realizarse. Pero la realidad humana es más humilde, más compleja y más tozuda. Por eso, conjugar el verbo “frustrarse” puede tener un sentido educativo. No para desalentar, sino para introducir en la realidad.

No elegimos las circunstancias fundamentales de nuestra vida. No elegimos nuestros límites, nuestras fragilidades, nuestras pérdidas ni muchas de las pruebas que acabarán configurándonos. Y aun nuestros talentos son, en gran medida, recibidos. La existencia humana no se parece a una hoja en blanco donde cada uno escribe soberanamente su destino. Se parece más bien a esa vocación que debemos descubrir y aprender a escuchar.

Por eso, esas promesas ilimitadas pueden producir, con el tiempo, una profunda desorientación. Cuando el joven descubre que no todo depende de él, que el fracaso existe, que el sufrimiento llega, que el reconocimiento no está garantizado y que la vida no siempre coincide con los propios proyectos, corre el riesgo de interpretar sus límites como una derrota personal. Y entonces aparece una tristeza particularmente amarga: la de quien fue educado para creerse omnipotente y descubre demasiado tarde que es humano.

Pienso que una educación verdaderamente humana debe ofrecer algo más verdadero y más misericordioso. No decir al joven: “podrás ser cualquier cosa”, sino más bien: “tu vida tiene sentido, aunque no controles todas sus circunstancias”. No prometer una existencia sin límites, sino enseñar que incluso la fragilidad puede convertirse en lugar de maduración, de amor y de gracia.

En esta época del año, donde se celebran actos de graduación por doquier, se acostumbra a trasladar a nuestros jóvenes la presión -explícita o silenciosa- de tener que conquistar el mundo; se les repite que tienen que destacar, llegar más lejos, competir, demostrar constantemente su valor… y muchas veces, ahí acaba el discurso… con el peligro que esto conlleva.

No hay nada malo en aspirar a hacer bien las cosas, en cultivar talentos o en desear una vida fecunda, al revés, es a lo que se les debe ayudar y animar; de igual forma, conviene no olvidar que educar al joven en el reconocimiento de sus límites y en la capacidad de atravesar la frustración, no se opone al esfuerzo ni debilita el compromiso, más bien lo purifica y lo hace verdadero.

De igual manera, urge liberar el corazón del joven de una idea falsa del éxito. Cuando todo se mide únicamente por el resultado, el fracaso aparece como una condena. Pero la verdad de la vida humana es más profunda: el valor de una persona no se identifica nunca con lo que logra externamente.

Conviene ayudar a nuestros jóvenes a descubrir que el esfuerzo auténtico ya posee en sí mismo una dignidad. Quien se entrega con rectitud a una tarea, quien trabaja con honestidad y perseverancia, ya ha realizado algo grande, aunque el resultado visible no se corresponda con sus expectativas. En efecto, lo que forma a la persona no es solo el éxito, sino el camino recorrido, la fidelidad en lo pequeño, la capacidad de mantenerse en pie incluso cuando los frutos tardan en llegar.

Además, la experiencia de no alcanzar una meta puede abrir una luz nueva. A veces revela que el camino elegido no era el más adecuado; otras veces purifica las motivaciones; otras, enseña una humildad que hace al corazón más verdadero y más disponible. De este modo, lo que parecía un fracaso se convierte en una etapa de discernimiento.

Es importante también mostrar con la propia vida que la existencia no está en manos de un cálculo perfecto. Hay una dimensión de misterio y de don que supera nuestros proyectos. La persona no es dueña absoluta de los resultados, pero sí es responsable de su entrega; y esta distinción libera: permite comprometerse plenamente sin quedar destruido si el resultado no coincide con el deseo.

Así, el joven aprende que “no conseguirlo” no es un drama, porque su identidad no está en juego en cada intento. Su valor permanece, su camino continúa, y cada esfuerzo sincero se integra en una historia más grande que él mismo quizá no alcanza a ver inmediatamente.

Cuando esta verdad se asienta en el corazón, nace una serenidad nueva: la de quien puede arriesgarse, comprometerse y trabajar con intensidad, sin quedar prisionero del éxito. Entonces la libertad se vuelve más audaz, porque ya no está paralizada por el miedo a fallar, sino sostenida por la certeza de que la vida tiene un sentido más amplio que cualquier resultado particular.

Será juez… o quizá no. Pero no temas: en ello no te va la dignidad ni el sentido de tu vida. Eso se juega, más profundamente, en cómo amas, cómo perseveras y cómo acoges la verdad de tu camino.

 

 

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