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Ni pedestal ni jaula (Carola Minguet, Las Provincias)

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Ni pedestal ni jaula (Carola Minguet, Las Provincias)

Hay días en que el calendario parece más revolucionario que los revolucionarios. El 8M es uno de ellos. Se nos presenta como una jornada de combate, como si la mitad de la humanidad hubiera declarado la guerra a la otra mitad, o —más extravagante aún— a sí misma. Y, sin embargo, si uno se permite pensar antes de aplaudir, descubrirá que la mujer no necesita un día de propaganda, sino un reconocimiento de su autoridad cotidiana. De su misterio.

El primer despropósito ideológico —permítanme la franqueza— consiste en hablar de “la mujer” como si fuera un comité. Se la trata como a una abstracción estadística, un bloque electoral, un colectivo susceptible de eslóganes. Pero la mujer no es una categoría ni se reduce a una consigna. El burócrata ama las etiquetas porque le evitan el esfuerzo de comprender. Y así, en nombre de la emancipación, se fabrican nuevas jaulas conceptuales con barrotes, en este caso, de color violeta.

La segunda necedad es suponer que el respeto nace del resentimiento. Nadie sensato negará que muchas mujeres han sufrido —y sufren— injusticias que exigen reparación y protección efectiva, pero para honrar a la mujer no hace falta declararla perpetuamente agraviada, como si su integridad dependiera de un enemigo estable. La dignidad femenina no es una reacción, sino una afirmación que florece en la capacidad de crear sentido, cultura y hogar —en la casa o en el taller, con hijos o sin ellos, casadas, solteras, viudas o consagradas— allí donde muchos sólo ven materia prima. Además, en esa creación hay un orden que parece susurrar que el mundo fue hecho con propósito.

Aquí abro un inciso para recordar algo bastante impopular: el hogar no es una cárcel, salvo para quien desprecia lo que allí ocurre. La civilización comenzó en una cuna mucho antes que en un parlamento. La mujer que educa, que sostiene, que ordena el caos doméstico, no realiza una tarea menor que la del ministro; realiza una labor más peligrosa, porque trabaja con almas en vez de decretos. El desprecio moderno por esa misión no es liberador: es una forma de esnobismo.

Ahora bien, convendría añadir una verdad menos metafísica y más prosaica: hoy no pocas mujeres no desprecian el hogar; simplemente no pueden permitírselo. Se predica con entusiasmo el empoderamiento, pero se discute poco del precio de la vivienda, de la precariedad que convierte la maternidad en cálculo y del empleo que exige disponibilidad infinita a cambio de estabilidad nula. Se nos prometió que lo tendríamos todo; la letra pequeña advertía de que primero debíamos aplazar casi todo.

Cerrado el paréntesis, hay algo ligeramente clasista en cierto discurso que celebra a la mujer que rompe techos de cristal y mira con condescendencia a la que sólo aspira a un suelo firme. Como si desear barrio, padres, amigos y abuelos cerca y una vida sencilla fuera una forma inferior de ambición. La verdadera libertad no consiste en imponer nuevos ideales, sino en permitir elecciones reales.

Tampoco es justo idealizar a la mujer con una galantería hueca. No necesita ser colocada en un pedestal para ser respetada. El pedestal es, en el fondo, otra forma de inmovilidad. La mujer no es un ángel decorativo ni una víctima perpetua. Es un ser humano completo, con virtudes y defectos, con alma, inteligencia y voluntad, con derecho a la aventura y al sedentarismo, también a la contradicción. 

Ciertas corrientes del feminismo actual —especialmente las más mediáticas— pretenden destruir los estereotipos, pero acaban creando otros. Si antes se esperaba que la mujer fuera siempre dócil, ahora parece exigirse que sea siempre combativa. Si antes debía callar, ahora debe gritar. En ambos casos, alguien le dicta el guion. Y el verdadero respeto consiste precisamente en dejar de escribirle el papel.

El Día de la Mujer sería una celebración genuina si sirviera para recordar que la justicia no es una concesión, sino una deuda. Que el salario justo o la protección frente a la violencia no son banderas partidistas, sino exigencias morales. Pero cuando la fecha se convierte en plataforma para teorías que niegan la diferencia entre hombre y mujer, la fiesta corre el riesgo de parecer menos emancipadora que publicitaria.

Porque hay una verdad que los ideólogos detestan: el hombre y la mujer no son idénticos, y precisamente por eso son iguales en dignidad. La igualdad no es uniformidad. Dos columnas pueden sostener el mismo techo sin ser la misma columna.

Respetar a la mujer no es instrumentalizarla para una batalla cultural, sino reconocer que sin su genio —un genio a veces sonoro, otras silencioso— no existirían ni las naciones ni las revoluciones que ahora discuten sobre ella. 

Quizá el homenaje más sincero no sea el eslogan inflamado ni la estadística alarmante. Si el 8M ha de celebrarse, que sea para recordar que la mujer no necesita ser reinventada por ninguna ideología. Y eso, como casi todo lo verdaderamente revolucionario, exige menos lemas y más sentido común.

 

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