Septiembre no perdona (Carola Minguet, Las Provincias)
Noticia publicada el
viernes, 4 de septiembre de 2026
El inicio de curso tiene algo de mudanza espiritual. Uno vuelve cargado de buenos propósitos y esa sospecha de que el verano ha durado menos que una reunión de coordinación. Todos estrenamos algo: los niños, cuadernos; los padres y profesores, paciencia; las instituciones, plataformas que esta vez sí funcionarán. La vida ordinaria regresa con su puntualidad de acreedor.
Hay una pequeña humillación en volver. Durante unas semanas nos habíamos acostumbrado a mirar el horizonte y a conversar como si el tiempo fuese un problema de otros. Luego aparece el primer correo urgente y uno comprende que la eternidad administrativa existe. Septiembre aún no ha llamado a la puerta y ya se le oye arrastrar muebles.
Y vuelve la casa. No la de postal veraniega, sino la real: la nevera con vocación de abismo, la lavadora que recupera su autoridad, los horarios que necesitan una cumbre bilateral. Septiembre devuelve el hogar a su condición verdadera: el lugar donde la vida se ordena, o se desordena, cada día.
Sin embargo, hay algo bueno en esta vuelta. No porque todo comienzo sea ilusionante, frase que debería reservarse a los folletos de papelería, sino porque el horizonte miente cuando nos hace creer que la vida empieza siempre más lejos. Quizá por eso llamamos libertad a no tener que contestar, repetir ni llegar a la hora. Pero una libertad que sólo prospera cuando nadie la necesita termina pareciéndose demasiado a una fuga.
Un curso nuevo, en cambio, nos recuerda que lo valioso necesita forma. La educación, desde luego. No se aprende en estado gaseoso. Hace falta una voz que explique, una inteligencia que atienda, una dificultad que no sea retirada al primer bostezo. Es preciso repetir, insistir. Incluso aburrirse, que es una de las grandes universidades clandestinas del alma.
El problema es que nuestra época celebra mucho los comienzos y soporta mal las continuidades. Nos encantan las agendas nuevas, los rotuladores ordenados por colores, esa breve ilusión de que este año sí seremos personas metódicas, profundas y moderadamente admirables. Pero la vida no se juega en la emoción de estrenarla, sino en la fidelidad de sostenerla cuando ya no huele a nuevo.
Por eso septiembre nos devuelve al sitio donde las cosas se prueban, que no es en las grandes intenciones, sino en una cocina, un aula o un despacho concretos, a una hora concreta, con personas concretas que traen sueño, miedo, talento, desgana, esperanza y alguna contraseña olvidada.
Septiembre no perdona. Acerca el horizonte hasta una mesa llena de cosas pendientes. Pero es alrededor de esa mesa donde acaso la libertad deja de ser huida y empieza a tener domicilio.