Las palabras que Lorca no dijo (Carola Minguet, Las Provincias
Noticia publicada el
lunes, 28 de septiembre de 2026
Algunos critican ‘Lorca, las horas perdidas’ por poner en boca del poeta palabras que no pronunció. Es una objeción razonable: las palabras inventadas sostienen una tesis, conducen a la escena siguiente y no se vuelven contra quien las escribe. Los muertos son interlocutores complacientes cuando redactamos sus respuestas. Con Lorca la tentación se multiplica, pues muchos reclaman una parte: el símbolo político, el poeta popular, el dramaturgo incómodo, el vecino atrapado en las rencillas de Granada. Cada cual conserva el fragmento que le sirve.
Hay, sin embargo, algo extraño en convertir las últimas horas de un hombre en un misterio y negarse después a que el misterio conserve zonas de oscuridad. Investigar qué ocurrió aquella noche es legítimo, pero la verdad no siempre llega hasta donde necesita llegar el guion. Una novela policiaca puede cerrar todas las puertas porque el escritor construyó antes la casa. La historia no concede ese privilegio. Hay conversaciones que nadie podrá reconstruir por completo. Podemos figurárnoslas, incluso con verosimilitud; lo que no deberíamos hacer es llamar memoria a nuestra imaginación.
Lo grave, además, no es sólo inventar una frase, sino que diga justo lo que necesitábamos oír. La muerte de Lorca pertenece a la violencia de 1936, hecha de ideas, responsabilidades y miserias concretas. Comprenderla exige no ahorrar ninguna de ellas. En la zona republicana hubo asimismo víctimas de una violencia atroz. Ninguna necesita que otra sea olvidada para conservar su dignidad. Sin embargo, parecemos incapaces de recordarlas sin exigirles que tomen partido entre los vivos. Acaso ése sea uno de nuestros problemas: las llamamos a filas cada vez que el presente necesita refuerzos. Decimos que queremos recordarlas, pero a menudo sólo queremos que sigan dándonos la razón.
La poesía de Lorca, por fortuna, se deja reclutar peor. En ella están la sangre y los caballos, la luna que va por el cielo con un niño de la mano y el pez de sombra que abre el camino del alba. Conocer las circunstancias de su muerte ayuda a explicar por qué lo mataron, no por qué seguimos leyendo sus versos noventa años después.
Tal vez por eso haya algo especialmente desafortunado en inventarle palabras. Tenemos las que escribió, además de documentos y testimonios. Y quedan también sombras que quizá nunca se disipen. No deberíamos avergonzarnos de ello. Buscar la verdad no exige iluminarlo todo, pero sí distinguir honestamente aquello que podemos alumbrar de aquello que no podemos. Pero nuestra época respeta tanto a los muertos que ni siquiera les permite callarse.