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La puerta (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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La puerta (Carola Minguet, Religión Confidencial)

Las puertas son objetos tan corrientes que no se nos ocurre pensar en ellas, pero contienen una de las intuiciones más antiguas de la experiencia humana. Una puerta no es una pared, como tampoco es un agujero. Su función consiste en algo más delicado: distinguir entre el dentro y el fuera.

Durante mucho tiempo nadie vio contradicción alguna en ello. Una puerta permanecía cerrada para proteger lo que había dentro y se abría para recibir a quien llegaba de fuera. Ambas funciones parecían inseparables, como las dos caras de una misma moneda. Sin embargo, a nuestra época le incomodan las puertas. Preferimos hablar de flujos, de circulación y de ausencia de barreras. Las puertas nos resultan antipáticas porque nos recuerdan que no todos los lugares son intercambiables y que entrar en un sitio no es lo mismo que pertenecer ya a él.

Quizá por eso las imágenes de Ceuta han provocado reacciones tan viscerales. No sólo porque muestran una crisis humanitaria, política y diplomática. También porque nos obligan a responder una pregunta: ¿qué es una frontera? Y ahí el debate suele embarrarse.

Unos parecen creer que toda frontera es una injusticia. Otros hablan como si toda persona que la cruza fuese una amenaza. Lo curioso es que ambas posiciones comparten el mismo error: ninguna entiende para qué sirve una puerta. La primera imagina una casa sin paredes. La segunda querría una casa sin ventanas. Pero una casa no es ninguna de esas cosas.

Las fronteras existen porque los seres humanos no habitamos abstracciones. Tenemos una lengua, una memoria compartida, unas costumbres y una determinada forma de entender la convivencia. No vivimos en la humanidad. Vivimos en barrios, pueblos, ciudades y países. Es en esos lugares concretos donde aprendemos a cuidar, a obedecer ciertas normas, a reconocer responsabilidades y a transmitir lo que hemos recibido.

Eso no convierte al extranjero en enemigo. Más bien sucede lo contrario. Sólo quien tiene un hogar puede practicar la hospitalidad. Nadie recibe a un invitado en mitad de un descampado. Lo recibe bajo su techo. Y precisamente por eso puede ofrecerle un sitio en la mesa. Hay veces, incluso, que el huésped deja de serlo para convertirse en vecino.

Pero la hospitalidad no consiste en fingir que la casa carece de límites. La llegada repentina de miles de personas, especialmente cuando es provocada o utilizada como instrumento de presión política, no puede tratarse como un simple gesto humanitario ni como una anécdota administrativa. Constituye un problema serio para quienes llegan, para quienes reciben y para la propia posibilidad de una acogida digna.

Reconocerlo no equivale a negar la dignidad de nadie. Equivale a aceptar que la caridad necesita prudencia para no degradarse en sentimentalismo, del mismo modo que la prudencia necesita caridad para no transformarse en indiferencia. Una sociedad tiene obligaciones hacia quien llama a su puerta. Pero tiene asimismo obligaciones hacia quienes ya viven dentro de ella. De hecho, la política se la juega en ese difícil equilibrio: proteger sin deshumanizar y acoger sin desentenderse de las consecuencias.

Sin embargo, el problema de Europa no es sólo que haya perdido el control de algunas de sus fronteras. El problema es anterior. Europa lleva demasiado tiempo perdiendo la conciencia de su propia casa. Porque las fronteras pueden vigilarse con policías. Las civilizaciones, en cambio, sólo se sostienen mientras sus habitantes recuerdan quiénes son.

Durante décadas hemos aprendido a mirar nuestras tradiciones con sospecha, nuestras raíces como una carga y nuestra historia como poco más que un catálogo de culpas. Europa se parece a ciertos herederos extravagantes que, avergonzados de la casa familiar, pasan años desmontando muebles, tirando cuadros y vaciando habitaciones para demostrar que son modernos. Ahora bien, una tradición puede perderse tanto cuando se la desprecia como cuando se la convierte en reclamo, museo o contraseña de pertenencia.

Eso es también lo que muestran las imágenes de estos días. Miles de personas quieren entrar aquí. Sería ingenuo no preguntarse qué buscan. También sería ingenuo suponer que todos buscan lo mismo. Pero, junto a esa pregunta, hay otra: ¿qué encontrarán?

Y ahí la mirada deja de posarse únicamente en quienes llegan y empieza a volverse hacia nosotros. También habría que preguntarse por un sistema global que arranca a tantos de sus hogares y, al mismo tiempo, debilita las comunidades que deberían recibirlos. Ahora bien, esto no impide preguntarse si los propios europeos siguen sabiendo qué hay detrás de su puerta.

Por eso la cuestión de las fronteras no puede resolverse exclusivamente con estadísticas, reglamentos o consignas ideológicas. Antes o después nos obliga a preguntarnos quiénes somos, qué queremos conservar y qué estamos dispuestos a compartir.

Europa no se formó simplemente alrededor de un mercado, una moneda o un tratado. Se formó también alrededor de una determinada concepción de la persona, de la vida común y de los límites del poder; una concepción que encontró en la fe cristiana una de sus fuentes más fecundas. Pero esa fe no pertenece a Europa como una posesión ni puede utilizarse como simple cemento identitario. También enseña a mirar el umbral. La Escritura habla de casas que se abren, posadas que se buscan, caminos que continúan, tiendas levantadas para una noche, pueblos que reciben y pueblos de los que se sale sacudiéndose el polvo de las sandalias.

Una puerta no resuelve el dilema. Sólo lo pone delante de nosotros.

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