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La casa que se nos sube a la cabeza (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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La casa que se nos sube a la cabeza (Carola Minguet, Religión Confidencial)

La política padece a veces una enfermedad que, en realidad, no nace en la política, sino en el comedor. Se manifiesta primero con síntomas domésticos y luego, si la fortuna, la vanidad o la mala educación la riegan un poco, acaba produciendo espectáculos internacionales. Es la vieja tentación humana de confundir la casa que se habita con el mundo que se domina.

A todos nos gusta mandar un poco en casa, y es comprensible. La casa es ese lugar donde uno todavía cree que puede poner un poco de orden en el universo: colocar bien una silla, decidir dónde va un jarrón, elegir el color de la pared. El problema empieza cuando ese impulso razonable se hincha como un soufflé y uno deja de ordenar su casa para empezar a reinar sobre ella. Entonces ya no vivimos entre muebles, sino entre símbolos. La lámpara no alumbra, legitima. La mesa no se pone, se escenifica. El pasillo deja de ser pasillo y se convierte en avenida imperial.

Y es que la megalomanía no consiste siempre en querer conquistar países. A veces basta con querer que el salón parezca Versalles y que la sobremesa tenga aire de consejo de ministros. Hay personas que no se sientan, presiden; que no invitan, convocan; que no celebran un cumpleaños, sino una efeméride. Y lo verdaderamente cómico no es que se tomen demasiado en serio, sino que suelen hacerlo con una mezcla de grandilocuencia y mal gusto, como quien pretende parecer Julio César con una cortina de poliéster detrás.

Quizá se deba a que el ser humano es un animal con vocación de emperador, si no descubre a tiempo su verdadera vocación. Le dan una tarima y una cámara y enseguida empieza a comportarse como si la historia hubiese estado esperando exactamente aquel momento para encontrar, por fin, su centro dramático. Lo demás —las instituciones, los aniversarios, incluso la patria— queda al fondo, como si fuera decoración. Lo principal ya no es lo que se conmemora, sino quién aparece en el centro de la foto y consigue convertir la celebración en espejo.

Y, sin embargo, esa ridiculez no pertenece sólo a los poderosos. Lo que en ellos escandaliza, en nosotros simplemente cambia de escala. También podemos incurrir en formas caseras de absolutismo. Ese padre que planifica las vacaciones como si redactara un decreto. La madre que organiza horarios y normas con el fervor de quien está refundando Occidente. El adolescente que convierte su cuarto en un principado inviolable. El vecino que vigila el rellano con la seriedad de una aduana balcánica. Cada cual encuentra una esquina donde ensayar sus delirios de grandeza.

Por eso hacen gracia ciertas escenografías del poder: porque no nos son del todo extrañas. Nos reímos de ellas con una superioridad algo precipitada, cuando en realidad reconocemos enseguida el mecanismo. Sabemos lo que es mover una estantería para que el mundo parezca obedecernos o experimentar la embriaguez de sentirse imprescindible. Sabemos incluso lo que es utilizar una causa noble como telón de fondo de una pequeña representación personal. Para eso no hace falta ocupar una residencia oficial ni convertir una conmemoración pública en decorado de la propia leyenda.

En el fondo, lo ridículo no es que un hombre poderoso quiera parecer grande. Lo ridículo es que, cuando podemos, intentamos algo parecido. Unos lo hacen con una nación detrás. Otros, con una oficina o con el consejo de dirección de su empresa. La escala cambia; la comedia permanece. Siempre hay alguien dispuesto a tomarse por el centro.

Tal vez la verdadera grandeza no consista en llenar una casa de gestos, sino en saber no invadirla con el propio ego, en dejar que las cosas sean lo que son: una conmemoración, una mesa, una puerta, una patria. Sin adjetivos épicos. Sin esa necesidad tan infantil de poner la propia firma hasta en el felpudo.

Al final, el problema del hombre no es que tenga casa. El problema es que, en cuanto puede, quiere el trono. Y, sin embargo, la cordura empieza exactamente en el punto contrario: cuando uno descubre que vivir bien no es mandar mucho, sino caber con decoro en los límites de una habitación.

Pero hay un momento en que esta comedia deja de hacer gracia. Porque una cosa es la vanidad, incluso la grotesca, y otra muy distinta usar a los demás como decoración del propio personaje. Una cosa es posar como emperador; otra, bastante más seria, convertir a las personas en atrezzo.

Eso es lo más desasosegante de la última escenificación de Trump en la Casa Blanca: no tanto su mal gusto como su capacidad para reclutar adhesiones jóvenes, rápidas y emocionales. Cada época encuentra a sus pajes. Antes llevaban librea; ahora entusiasmo. Se les ofrece no tanto una tarea como un papel. Y aceptan encantados, porque a cierta edad atrae sentirse parte de algo grande, aunque lo grande sea, muchas veces, un decorado.

No los mueve sólo la convicción. Los mueve también la fascinación de rozar el escenario, de servir a alguien que se presenta como encarnación de una causa o de un tiempo nuevo. El poder sabe desde hace tiempo que el modo más eficaz de atar voluntades no es darles razones, sino hacerles sentir elegidos. Darles una consigna, una estética, una coreografía.

Y entonces ya no estamos ante un gesto de grandilocuencia, sino ante algo mucho más grave: la transformación del otro en instrumento. El muchacho deja de ser un muchacho y pasa a ser una pancarta con piernas. Por eso conviene no confundir lo pintoresco con lo inofensivo. Hay egos que mueven a la risa; pero cuando el ego necesita rodearse de fidelidades asustadas, de entusiasmos alquilados o de muchachos convertidos en coro, la risa se termina. Porque allí donde una casa, pública o privada, se utiliza para agrandar a uno y empequeñecer a los demás, lo que está en juego ya no es el mal gusto del anfitrión, sino la dignidad de los invitados.

 

 

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