El derecho de los muertos (Carola Minguet, Las Provincias)
Noticia publicada el
sábado, 31 de octubre de 2026
Un fantasma es una criatura inofensiva cuando lleva zapatillas y pide caramelos: los niños poseen todavía el buen sentido de saber que están jugando. Los adultos, en cambio, podemos perder de vista la diferencia entre dar un susto y sembrar el miedo.
En Valencia han circulado llamamientos a saquear hoy comercios bajo el nombre de Blocus. El término presta al asunto cierto aire de novedad, aunque robar sea una de las actividades menos originales de la historia. Un comerciante puede descubrir que atacar su trabajo es para algunos el entretenimiento de una noche. Mientras tanto, el accidente ferroviario de Toledo nos ha situado ante una muerte que no admite disfraces. Sería indecente convertir el sufrimiento de las familias en una ocurrencia contra las fiestas ajenas, pero también sería extraño que esta desgracia no interrumpiera alguna de nuestras certezas. Habíamos organizado un fin de semana y la muerte ha venido a desordenar algo más que nuestros planes.
El calendario cristiano conserva para estos días un orden que merece ser pensado. El primero de noviembre celebra a los santos; el segundo recuerda y encomienda a los difuntos. Se atreve a celebrar la plenitud de una vida y, al día siguiente, se arrodilla ante el misterio de la muerte. Ese orden encierra una comprensión del hombre más amplia que la de un decorado con telas de araña. Podemos mirar a la muerte sin concederle la última palabra y afirmar la esperanza sin dejar de llorar.
Esa comprensión aparece también en un gesto: llevar flores al cementerio. Desde un punto de vista práctico, es difícil de justificar. Precisamente por eso dice algo importante de nosotros. Seguimos llevando algo a quienes, según la contabilidad del mundo, ya no pueden darnos nada. Una sociedad se revela en esas visitas y en el respeto al trabajo de un desconocido. Ambos gestos reconocen que el valor de una persona no depende del provecho que podamos sacar de ella. Aprenderlo permite salir de la jurisdicción del propio apetito y descubrir que no todo está disponible para nuestro uso, nuestro aburrimiento o nuestra rabia.
No hace falta prohibir las calabazas para recuperar esa mirada. Cabe reírse con un disfraz y celebrar a los santos. Lo difícil es sostener una ciudad cuando hemos dejado de reconocer lo que merece gratitud y lo que exige respeto.
Estos días demasiadas familias tendrán que aprender a vivir con una ausencia. Ante ellas, nuestras discusiones deben bajar la voz. Habrá que investigar, exigir explicaciones y establecer responsabilidades. También eso se les debe a los muertos. Porque recordarlos no consiste en resignarse a que hayan muerto. Consiste en seguir considerando intolerable que una vida no importe.