Eduardo Segura: “Las horas dedicadas al estudio te convierten en un verdadero profesor, aquel que enciende la mecha del entusiasmo en los estudiantes”
Noticia publicada el
miércoles, 1 de julio de 2026
El Vicerrectorado de Profesorado de la Universidad Católica de Valencia (UCV) celebró recientemente sus XXXIII Jornadas de Formación, centradas en esta ocasión en la figura y obra de C. S. Lewis como referente intelectual, cultural y humano. En las jornadas participó con la ponencia C. S. Lewis y el sentido del dolor el profesor Eduardo Segura, especialista en la obra de Lewis, J. R. R. Tolkien y los llamados ‘Inklings’.
Profesor de literatura inglesa y norteamericana en la Universidad de Granada, Segura asegura deber mucho a ese círculo literario de académicos y escritores británicos vinculados a la Universidad de Oxford que se reunía entre los años 30 y los 50 en el pub Eagle and Child para compartir, junto a unas cervezas, su amor por novelas y cuentos, especialmente de fantasía.
Para los Inklings, los mitos no eran simples historietas para niños, sino destellos de la divinidad. Desentrañaban relatos en busca de sus tesoros ocultos y escribían los suyos propios con el alma y la pluma incardinadas en los trascendentales del ser. Este grupo de intelectuales, en su mayoría cristianos, concebía la verdad, el bien y la belleza como los pilares esenciales del universo y la vida humana.
Profesor, ¿qué verdad más sorprendente para los jóvenes de hoy puede hallarse en la vida y obra de Lewis?
Tiene que ver con la fe, que Lewis pierde después de la muerte de su madre, a los ocho años; pérdida redoblada cuando combate en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial. Tras llegar a Oxford en 1926, conoce a J. R. R. Tolkien y, gracias a la profunda amistad que entabla con él y otros colegas universitarios, Lewis va descubriendo precisamente en la luz y la verdad que aportan los mitos el modo de aceptar el mito cristiano, que es la historia de Cristo, como el mito verdadero. Y eso transforma completamente su vida.
Frente a ese odio a Dios, frente a la perplejidad del niño que no sabe por qué su madre ha tenido que morir, se va encontrando con esta manera de redimir su propia vida a través de la amistad, a través del don. Lewis, un hombre extraordinariamente inteligente, había querido entender a Dios y no lo conseguía. Entonces, aparece la humildad intelectual, no tener que entenderlo todo. Quizá esa verdad más sorprendente sea el asombro de Lewis ante la conciencia de haber sido salvado inesperadamente, contra todo pronóstico.
¿Qué bien más necesario para el Occidente de 2026 encontramos en Lewis?
Yo te diría dos cosas, por no irnos por las ramas: la gratuidad y el agradecimiento. Lewis descubre que es fruto de un regalo, que Dios ha llenado su vida de cosas muy buenas ante las que quizá estaba ciego. De hecho, titula su biografía Surprised by Joy; es decir, «sorprendido por la alegría», en el que juega con el concepto de Dios como alegría, y también con el nombre de su esposa, Joy Davidman.
Más allá de la profundidad intelectual y de la hondura humana que poseen sus escritos, el gran legado de Lewis es existencial: la vida de un hombre que fue tomando conciencia, paulatinamente, de que era fruto de un regalo. Y, por lo tanto, la única actitud desde la que podía vivir era dando gracias. Y creo que ese es también un desafío en la pedagogía, a nivel de hijos, alumnos y amigos: enseñar a dar gracias. Sólo es agradecido quien se sabe deudor.
¿Qué belleza menos apreciada en la actualidad podemos descubrir en las obras de Lewis?
En su narrativa, Lewis presta una atención muy pormenorizada a descubrir cuál es tu lugar en el mundo. No me gusta mucho el término, pero podríamos decir que Las Crónicas de Narnia es una historia de autodescubrimiento de los cuatro hermanos protagonistas. En su caso, tomar conciencia de que son reyes. Sucede lo mismo con los protagonistas de la Trilogía cósmica, que también descubren cuál es su misión, la vocación a la que están llamados.
En ese sentido, Lewis remarca en Narnia y en la Trilogía cósmica la importancia de tener un tiempo de silencio, no para hacer introspección psicológica sino para ponderar cuál es tu lugar en el mundo y, desde ahí, poder actuar; una acción consecuente a un tiempo de reflexión que te permite contemplar, sopesar, pedir perdón... Cosmos, en griego, significa «orden». Y todos nosotros, en el orden general, ocupamos un lugar. Y en ese lugar, y desde ese lugar, estamos llamados a algo.
¿Cree que muchos de sus alumnos conocen cuál es esa vocación?
Muchos chavales —y no solo chavales— se preguntan qué pintan en este mundo, si existe algún sitio para ellos. Muchos se sienten dislocados, como ocupando un lugar que no es el suyo. Perciben que hay una llamada, pero no saben cómo llegar a ella. Es una de las grandes preguntas que se ha hecho siempre el ser humano, y a la que parece que, en general, tanto la cultura como la universidad han renunciado: ¿para qué estoy en este mundo?
Pero cuanto más rápido vivamos, menos posibilidad habrá de conocer la respuesta a esa pregunta. Para conseguirlo se requiere una serenidad interior y una paz que a día de hoy se nos ha vetado por todas partes. Estamos cargadísimos de estímulos y eso nos hace vivir en una paradoja: perdemos la posibilidad de disfrutar de las cosas porque tenemos que hacer otras después, o a la vez. Hay una sucesión de obligaciones que corta nuestra capacidad para enraizarnos en lo importante. Vivimos demasiado deprisa.
Tiempo y silencio serían las palabras clave, ¿no?
Así es. Ambos faltan, por ejemplo, en la enseñanza universitaria. Hoy nos piden a los profesores que cumplamos con unos requisitos burocráticos y otros elementos accesorios, pero no se le concede demasiada importancia a la capacidad de interiorizar lo aprendido antes de explicarlo y comunicarlo en una tradición del saber, que es por lo que nacen las universidades.
Los profesores ahora tienen que dar determinados créditos y, si no los das, a veces eso lleva una sobrecarga. Además, si no has cumplido unos requisitos de investigación, tienes que dar más clases. Es una especie de carrera, no se sabe contra quién, a veces contra el propio profesorado, que hace que uno afronte su vocación como docente desde un agotamiento previo.
¿Crees que eso es lo que más dolería a Lewis de la educación actual?
Cuando Lewis muere en 1963, el nivel general del profesorado de Oxford era muy alto. No digo que todos fueran excepcionales como él o Tolkien, pero muchos lo eran y poseían un nivel de lecturas, en cantidad y profundización, inimaginable para un profesor universitario de hoy. Por eso, creo que lo que más le molestaría a Lewis de la universidad de 2026 es el sacrificio de la profundidad en favor de la cantidad; que ahora no se valore tanto que un profesor y un estudiante sean capaces de profundizar en un texto y, por tanto, de dotar al alumno de las herramientas que requiere llegar a saber mucho para entender mejor, cuanto simplemente atiborrar al estudiante con determinadas formas de leer cosas.
Se ha dado una progresiva decadencia en la formación de estudiantes y, así, de los profesores universitarios, pero nos hemos acostumbrado a que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Y el mundo de la universidad está lleno de tuertos, en el mejor de los casos; personas que han hecho sus méritos a base de instancias burocráticas que les permiten decir: «He publicado tantos artículos, escribo tanto, he dado tantas clases de tal...» Pero ¿cuánto sé respecto de los gigantes? Los profesores de universidad debemos preguntarnos dónde estamos cuando nos medimos con académicos como Lewis o Tolkien. Si vinieran a mi universidad, creo que les daría un bajón tremendo, empezando por mí. Hoy existen profesores profundamente ignorantes.
¿Qué puede aprender, entonces, el profesor universitario de hoy de cómo vivía su tarea como docente C. S. Lewis?
La dedicación, cueste lo que cueste, al estudio. Y no es solo importante desde el punto de vista de la erudición, sino también desde el entusiasmo, que nace de un profesor que ha entregado a su materia mucho esfuerzo, silencio, horas que nadie le va a reconocer, porque no están pagadas, no están en la nómina o no están baremadas por ANECA. Y, sin embargo, esas son las horas que te van a convertir en un verdadero profesor, que va a ser capaz de llegar a clase y encender la mecha del entusiasmo en los estudiantes. Ahí es donde los docentes nos lo jugamos todo.
Con el profesor bueno conectas enseguida porque te das cuenta de que ahí hay una pericia que es fruto de mucho esfuerzo y que tú valoras porque sabes que te estás midiendo con alguien que se está currando, por decirlo así, lo que hace. Y de ese aprecio por lo que uno hace puede surgir luego, además, la exigencia. Al final dices: por este profesor vale la pena esforzarme.
La idea posmoderna abrazada por muchas universidades de que no existe la verdad, sino solo existen posiciones ideológicas o narrativas, no habrá ayudado mucho tampoco a fomentar una avidez por el conocimiento en profundidad.
Por supuesto. Si todas las interpretaciones son igualmente válidas, como ocurre muchas veces en el ámbito académico; si todo es relativo, si lo que tú digas vale lo mismo que lo que diga yo, o lo que diga el último gualtrapa que no ha leído nada; si no crees que es posible leer un libro e intentar ver exactamente qué dice el autor y adónde quiere llegar... todo es un ejercicio de cinismo, en el fondo.
La aceptación de ese relativismo vacuo, esa especie de nihilismo que ha llevado a igualar a la baja a todo el mundo, también ha contribuido a matar la universidad. Cualquiera salta el listón que se ha puesto sin esfuerzo, sin valorar el camino que requiere y el esfuerzo que requiere recorrer el camino hasta el descubrimiento de la verdad.
¿Y cuál es la esperanza?
Que los chavales, al menos en mi experiencia, siguen respondiendo bien cuando les enfrentas al reto de ir en búsqueda de la verdad. A lo largo de mi vida académica, he escuchado decir a muchos alumnos cosas como que es la primera vez que les gusta la literatura, que un autor les ha fascinado o que han recuperado el gusto por leer con mi asignatura. Esto es algo que yo creo que tenemos que recuperar: la gratuidad.
En la universidad se ha instalado la idea de que las cosas sólo valen en función de su utilidad. He llegado a tener alumnos que me decían en tutorías: “Pero, Eduardo, ¿tú qué quieres que te ponga para aprobar esta asignatura?”. Esa pregunta es el certificado de defunción de la universidad. Tu tarea como alumno universitario es esforzarte, pelearte con los autores que te planteo y, si lo haces, seguro que en el examen pondrás algo estupendo. Pero no te voy a decir qué tienes que poner, tienes que descubrirlo tú.
¿Tendría algo que aportar la obra y la figura de Lewis sobre la soledad que experimentan hoy muchos estudiantes, muchos jóvenes?
Diría que la relación de Lewis con su hermano fue clave, pues se rescataron mutuamente de la muerte de su madre, el desapego de su padre, de la vida en los internados; pero en su vida fueron clave los amigos. Era un hombre de grandes amistades, no en el sentido de que tuviera treinta o cuarenta, sino en que eran profundas. Resulta muy iluminador leer el capítulo sobre la amistad en Los cuatro amores. Dice explícitamente que las amistades le rescataron de su propia amargura y de su propia soledad.
Ocurre que la amistad de hoy tiene un gran enemigo: la instantaneidad. ¡Cuántas veces vemos a cuatro amigos en una mesa y cada uno con su móvil, aislados en su propio mundo! Esto también afecta a las parejas, a la relación entre padres e hijos, claro. Pero creo que hay un modo de rescatar este sentido de la comunidad a través de la amistad que nace de escuchar al otro de verdad. Es decir, de prestarle toda tu atención.
Lo dijo el papa en Madrid, en Barcelona: insistamos en la idea de mirar al otro, de escucharlo y acogerlo. Hay que ayudar a redescubrir las amistades como relaciones de donación y aceptación, no solo como el paño de lágrimas al que me agarro para que me consuele.