"Resucitó de veras" (Cardenal Antonio Cañizares, La Razón)

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ste es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo!», repetimos una y muchas veces en estos días de Pascua con particular emoción y estremecimiento, porque: «Es verdad, ¡Cristo ha resucitado!». «Lucharon vida y muerte/ en singular batalla/ y, muerto, el que es la Vida, / triunfante se levanta... ¡Resucitó de veras/ mi amor y mi esperanza!» (Secuencia Pascual). Esta es nuestra fe. Esta es nuestra victoria: la fe de la Iglesia que vence al mundo, la que derrota al mal y a la muerte. La resurrección de Jesús de entre los muertos es el acontecimiento culminante en que se funda la fe cristiana, la base última que la Iglesia tiene para creer, el fundamento para su esperanza, la raíz de un amor que se entrega todo por encima de los poderes de muerte. La fe cristiana es fe en la persona de Jesús; y esa fe depende del acontecimiento del Hijo de Dios «venido en carne» y crucificado, y de su resurrección de entre los muertos.

Muchos hoy están fascinados por Jesús, como hombre libre, como fi el a Dios y a sí mismo hasta la muerte, como hombre enteramente para los demás, como profeta de un mundo más justo y fraterno. Pero no admiten su Resurrección. Entonces Él no sería el salvador, no nos habría redimido ni rescatado de los poderes de la muerte y del pecado; no nos habría salvado. Continuaríamos en la soledad, cargados con el pesado fardo de nuestra miseria sin poder deshacernos de él y, encima, con la terrible tarea, imposible de alcanzarla por nuestra parte, de liberarnos de la muerte y alcanzar la vida para siempre. No habría salvación para el hombre.

Si Jesucristo no ha resucitado, entonces Él no pasa de ser un mártir ejemplar; lo bueno quedaría en Él, pero nosotros seguiríamos igual: inmersos en la miseria del pecado y del mal y presos en el dominio de una muerte con la que todo quedaría acabado. La esperanza humana sería una pobre esperanza, una mera resignación, una esperanza limitada a unos bienes o a un recuerdo, nada más; la muerte continuaría dominando de manera inexorable. Sin la Resurrección, el Crucifi cado no nos salva; y la Iglesia, y nosotros, con ella, no tendríamos más que decir que nuestra predicación es absurda y que nuestra fe carece de sentido. Pero es más, es que también la vida carecería de sentido. Porque, ¿para qué amar, trabajar, casarse, luchar, esforzarse, si no hay resurrección? Todo sería vanidad, vacío, ilusión. No habría esperanza.

Por eso, me estremezco por dentro al observar cómo se está diluyendo, debilitando o perdiendo esta fe en la resurrección. Es algo que no puede dejarnos tranquilos a ninguno de nosotros que creemos en Jesucristo. Nos urge y nos apremia anunciar a Cristo que ha resucitado de entre los muertos. Sobre esta verdad, sobre esta piedra angular se asienta todo y sin ella no hay posibilidad de edifi car la humanidad. No podemos silenciarla. Es la gran alegría para todo el mundo, la gran esperanza que los hombres necesitan para poder arrostrar el futuro y fundamentar la vida. Esta es la gran verdad que todo hombre requiere para hallar razones que le impulsen a vivir con sentido y a amar con toda la fuerza del corazón, sin reserva alguna.

Pero no olvidemos que el que ha resucitado es el que ha sido crucifi cado. «Ved las agujeros de los clavos en mis manos y en mis pies; ved el costado abierto», le dirá Jesús a Tomás que no acababa de creer que había resucitado. Y es que Cristo, el Resucitado, sin la cruz y sin la concreción histórica de Jesús, sería solamente un mito fácilmente manipulable, una estéril proyección de nuestras aspi raciones, un fantasma o un ideal que se crea conforme a los usos o situaciones del momento. Con el Crucifi cado Resucitado se hace presente de verdad el Señorío de Dios, su Reino. Aquello que se había iniciado en la vida pública de Jesús, anuncio y promesa de que el Reino de Dios había llegado, y que parecía anulado después con su muerte, eso aparece ahora con nueva y poderosa efi cacia y realidad. Dios, en efecto, está y es verdaderamente cercano a los pobres, a los pecadores, a los enfermos, a los fracasados de la historia, a los muertos sepultados en la tierra. Su amor creador y fi el va a llevar a cabo las esperanzas más profundas del hombre: que el hombre viva, que el hombre viva en plenitud, que el hombre viva para siempre, que el hombre alcance la felicidad y la dicha supremas que sólo Dios, el Amor infi nito puede dar y colmar. Por eso la Iglesia proclama, con todo lo que es y con toda su voz, que Cristo ha vencido a la muerte, que El que ha muerto en la Cruz revela la plenitud de la Vida y nos ha traído la Vida, vida eterna. ¡Qué alentador es esto cuando estamos todavía inmersos en el tiempo de la pandemia! , en medio de una cultura de muerte y de un silencio grande de Dios al que el hombre de la secularización parece querer recluirlo, con reminiscencias de Nietsche que proclamó aquel grito terrible: ¡«Dios ha muerto»!

Nuestra época parece empeñada en la «muerte de Dios», vivida en esa experiencia tan amarga y desertizante de una aparente ausencia de Dios, o refl ejada en la vivencia de que lo cubre la tumba, de que ya no despertará ni hablará nunca más de tal suerte que ya no hará falta combatirlo, sino simplemente olvidarlo. Tal parecía ser la experiencia de aquellos dos discípulos del Evangelio, cariacontecidos y desalentados, que caminaban sin esperanza alejándose de Jerusalén, en huida, hacia la aldea de Emaús: todo parecía quedar en entredicho, tanto la figura de Jesús de Nazaret, como el anuncio del Reino de Dios que Él había hecho vinculado a su persona; todas sus pretensiones parecían desmentidas. «Los sobresaltados discípulos del Evangelio de Emaús iban hablando de la muerte de su esperanza. Para ellos había ocurrido algo semejante a la muerte de Dios: se había extinguido en el que Dios parecía haber hablado. El Enviado de Dios había muerto; todo es completo vacío. Nada responde ya. Sin embargo, mientras hablaban de ese modo de la muerte de su esperanza, no perciben que la esperanza está viva en medio de ellos»; que Cristo, esperanza nuestra, vive, sale a su encuentro, comparte su camino y sus angustias. Les habla y su corazón renace a la esperanza. Les reparte el pan, les entrega su amor y su vida, y todo cambia, su vida se llena de luz, de verdad, de esperanza y van a contar lo que les ha sucedido en el camino.

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