Copatrona de España (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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El próximo día quince, celebramos la fiesta de Santa Teresa de Jesús, la gran santa española –abulense–, copatrona de España. Sin duda fue una gran mujer, santa, doctora universal de la Iglesia, profundamente humana; es más, diría que la figura singular de la Santa Abulense es una de las cotas más alta de humanidad a lo largo de la historia y, al mismo tiempo profundamente humana, enraizada en la tierra; ella gustaba decir que hay que traer a Cristo humanado y muy llagado. Muy humana, incluso muy frágil, llagada por las enfermedades, pero ahí trasparenta su gran humanidad, obra del cincel divino, y muy enraizada en su tierra, en su historia, en sus circunstancias.

Los españoles, –y particularmente los abulenses con toda razón–, nos gloriamos de nuestra santa más universal y sentimos y palpamos la cercanía de la gracia de Dios que sobre nosotros, en la ciudad amurallada, ha hecho morada en la persona de Teresa de Cepeda y Ahumada. Nos sentimos y somos agraciados y privilegiados por la inmensa bondad de Dios, porque tenemos la dicha de contar entre nosotros a alguien tan nuestra y tan de Dios, tan cercana a nosotros y tan adentrada en la espesura de Dios, que nos puede guiar con maestría en el camino de Dios y hacia Él, en el camino de su amor, donde se halla la verdadera felicidad, la fuente inagotable de la vida, el origen y fundamento de todo bien, la raíz y la base para nuestra esperanza.

Todo en la ciudad más alta de España, Ávila, –todo un símbolo– conserva el recuerdo de su hija predilecta. «La Santa», lugar de su nacimiento y casa solariega; la parroquia de san Juan donde fue bautizada; la catedral, con la Virgen de la Caridad, que aceptó su temprana consagración; el Convento de Gracia donde se educó con María de Briceño; la Encarnación que acogió su vocación religiosa y donde llegó al culmen de su experiencia mística; la Virgen de la Soterraña en la parroquia de san Vicente, donde oró camino de su primera fundación; San José, primer «palomarcico» teresiano, de donde salió Teresa, como «andariega de Dios» a fundar por toda España. Los pueblos de Ávila, pero también España entera, la invocamos como patrona, la admiramos y la miramos como guía y modelo incomparable.

Necesitamos volver a santa Teresa de Jesús, «arroyo que lleva a la fuente» de agua viva, que sacia el corazón sediento del hombre, sediento del Dios vivo. Ella es «resplandor que conduce a la luz, a través de su humanidad muy nuestra. Y su luz es Cristo»: Luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; esperanza de los pueblos; Maestro de sabiduría, libro vivo en que Teresa aprendió las verdades, en el único en que podemos aprender la Verdad de Dios y la verdad del hombre, que nos hace libres con la libertad de los hijos de Dios; piedra angular sobre la que se edifica la historia. Hay que volver a Santa Teresa de Jesús, a su espiritualidad y a sus escritos y a su humanidad. Ahí, aprendemos y saboreamos esa sabiduría eterna de Dios y manifestada en el tiempo, en la carne, en la humanidad del Hijo de Dios, único camino de la Iglesia, único camino de Dios al hombre y del hombre a Dios, único camino del hombre a cada hombre. Necesitamos volver a santa Teresa hoy más que nunca en este mundo de eclipse de lo divino, de pérdida del sentido de trascendencia y de quiebra de lo humano. Lo necesitan, sobre todo, los jóvenes hambrientos de trascendencia, de Dios, en sus vidas y de testigos de esa trascendencia, de nada tan necesitados como de Dios, porque tienen sed de vida, de amor, de esperanza, de felicidad y plenitud, de humanidad verdadera: y sólo Dios es esa plenitud. Sólo Él es la Vida y fuente de la Vida. Sólo Él es el amor que hace renacer constantemente una esperanza firme más allá de todo lo que produce hastío, desamor y mentira. Necesitamos la enseñanza y el testimonio de la Santa porque faltando el sentido de Dios, va perdiéndose hoy el auténtico sentido del hombre y el hombre se vuelve contra el hombre, y porque tratando de eliminar a Dios vamos eliminando al hombre y produciendo su destrucción.

Necesitamos seguir los pasos de la Santa Andariega de Ávila, Teresa de Jesús, para descubrir al «Jesús de Teresa», del que tan necesitados estamos todos los hombres, porque Él es nuestro Redentor, el único que tiene palabras de vida eterna, el único nombre en el que los hombres podemos hallar misericordia y perdón, reconciliación y paz, medicina para nuestras heridas y palabra de comprensión para nuestra fragilidad pecadora. Nuestra Santa universal, Doctora y Maestra de toda la Iglesia, no tuvo otro vivir que Cristo, porque supo apropiarse la riqueza de la Iglesia, la única que tiene, que no es otra que Jesucristo, y a ella entregó su vida. Necesitamos seguir los pasos de esta mujer santa y no dejarnos engañar por nadie que trate de mostrarnos otro camino distinto al que ella siguió, otro camino distinto que el del conocimiento y el de la experiencia de Jesucristo, que únicamente se adquiere dentro de la Iglesia: en el trato y amistad con Él en la oración; en la Eucaristía donde Él se nos entrega con una confianza ilimitada y nos hace participar en su misma vida; en la Penitencia donde Él se nos entrega como perdón y gracia reconciliadora; y en la escucha de su palabra, recogida en las Escrituras transmitidas y leídas en la Iglesia. Siempre, todos los años, son una ocasión propicia y providencial para recuperar y fortalecer más aún todo esto; nuestra Patrona nos enseña con maestría un camino de renovación que tanto necesitamos, hoy, como en el siglo XVI.

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