Vivir como si Dios no existiese (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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A menudo el hombre de hoy vive como si Dios no existiese e incluso se pone a sí mismo en lugar de Dios. El olvido de Dios, rico en misericordia, su desaparición del horizonte y el universo de la cultura dominante, que lo ignora o rechaza, es con muchísimo el peor mal que acecha a la humanidad de nuestro tiempo, su quiebra más profunda. Y esto no lo decimos los cristianos ¡no lo estamos diciendo!

Son análisis sociológicos, análisis políticos, análisis ideológicos los que sustituyen la confesión de la fe en Dios, único y solo necesario. Esta tendencia de nuestro mundo, que pretende imponerse como cultura dominante, además de rechazar las leyes divinas y los principios morales, atenta abiertamente contra la familia: una guerra mundial contra la familia decía, hace unos días, el Papa Francisco. Y en la familia es donde está el futuro del hombre.

De diversas formas (tal tendencia de nuestro mundo), trata de amordazar la voz de Dios en el corazón de los hombres: es una antigualla, eso es de otras civilizaciones. De la civilización y el desarrollo, no.

Conocéis el mundo: quiere hacer de Dios el gran ausente de la cultura y en la conciencia de los pueblos. Los mismos cristianos vivimos como si Dios no existiese. Todo ello ha condicionado el siglo XX y está condicionando también el siglo XXI. Sobre todo, el siglo XX, marcado de forma particular por el misterio de la iniquidad: ahí están los genocidios y los holocaustos, los totalitarismos e intransigencias empecinadas, que siguen marcando la realidad de este mundo nuestro en este nuevo siglo.

Estamos viviendo momentos complicados en el mundo, en nuestra sociedad. Con toda honestidad y con una fe viva, es preciso reconocer que estamos necesitados de la misericordia de Dios para reemprender el camino con esperanza. Estamos grandísimamente necesitados del testimonio y anuncio del Dios vivo y misericordioso.

Esta es la cuestión esencial y necesitamos en tiempos de depresión y quiebra centrarnos en lo esencial. Y lo esencial es Dios, rico en misericordia, con rostro humano, que es la misericordia de Dios hecha carne.

Y lo esencial es la experiencia, testimonio, anuncio e invocación constante y confiada de Dios misericordioso, revelado en el rostro humano y con entrañas de misericordia de su Hijo venido en carne, crucificado y resucitado de entre los muertos. Y la Sangre derramada por nosotros, para nuestra reconciliación. Esto es verdaderamente lo esencial.

La quiebra moral que atravesamos, no es sino quiebra del hombre, quiebra de humanidad, de ese hombre que no se siente querido de Dios porque lo ignora.

Para nosotros, para la situación que vivimos, para el mundo y para el hombre, sólo existe una fuente de esperanza, –son palabras del Papa San Juan Pablo II–: la misericordia de Dios, que se ha manifestado tan grande para resucitar a su Hijo de entre los muertos y haciéndonos renacer por Él, con una esperanza viva e incorruptible.

Este es el gran anuncio de futuro para el mundo. De este anuncio que expresa confianza en el amor omnipotente de Dios para el hombre todo débil: no omnipotente, todo débil. En esa suprema debilidad es donde está la omnipotencia de Dios. Por eso, tenemos necesidad particularmente en nuestro tiempo de reconocer esta necesidad.

Es necesario que la invocación de la misericordia de Dios brote de lo profundo de los corazones, llenos de sufrimiento, de inquietudes y de incertidumbres, pero al mismo tiempo también, como una fuente inefable de esperanza dentro de ellos.

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