Todas las noticias | UCV

Buen camino, graduados (José Manuel Pagán, Las Provincias)

Noticia publicada el

Buen camino, graduados (José Manuel Pagán, Las Provincias)

En estas fechas muchos jóvenes celebran el fin de sus estudios universitarios y se plantean qué hacer ahora. A ellos me dirijo para hacerles una advertencia: no caigáis en la trampa de pensar que el ser humano se realiza únicamente por lo que hace. La sociedad contemporánea insiste en decirnos que somos aquello que hacemos o que tenemos, pero no es verdad, la identidad de la persona no se define por algo externo (su productividad, su estilo de vida o su consumo) sino por algo intrínseco a ella: su dignidad.

Es importante que frente a una antropología de la utilidad y del consumo, que tiende a responder a la pregunta “¿quién eres?” con referencias al hacer, al tener o al consumir, defendamos una antropología de la dignidad y de la vocación, porque la persona se realiza fundamentalmente por aquello que reconoce como verdadero y por aquello que ama.

La Universidad proporciona conocimiento, habilidades y herramientas para afrontar el futuro, pero la pregunta decisiva ahora, querido graduado, no es ¿qué has aprendido?, sino ¿qué vas a hacer con aquello que has aprendido?; no es solamente qué profesión vas a ejercer, sino qué vida vas a vivir. Porque la vida puede recorrerse de muchas maneras.

Algunos caminan sin preguntarse nunca hacia dónde van; otros avanzan movidos únicamente por las oportunidades que encuentran; otros persiguen el éxito, el reconocimiento o la seguridad, como si fueran el destino último del viaje. Sin embargo, llega un momento en que toda persona descubre que no basta con avanzar. También es necesario saber para qué se avanza.

Y aquí aparece la cuestión de la vocación. Con frecuencia se identifica la vocación con una profesión o una ocupación. Pero la vocación es algo más profundo; es el descubrimiento de aquello que da unidad y sentido a nuestra vida. La vocación no consiste únicamente en decidir qué queremos hacer con nuestra vida, sino en descubrir q ué realidad merece nuestra respuesta o, dicho de otra manera, la vocación te invita a descubrir a quién o a qué quieres dedicar tu inteligencia, tu esfuerzo, tu tiempo y tu corazón. La diferencia puede parecer sutil, pero es decisiva.

Cuando la vida se concibe únicamente como un proyecto personal, la cuestión principal es qué deseo conseguir, qué objetivos quiero alcanzar o qué experiencia quiero vivir. El centro de gravedad permanece en el propio yo.

Pero la vida cobra pleno sentido cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué queremos obtener y comenzamos a preguntarnos qué realidad merece nuestra entrega. Porque hay realidades que nos interpelan.

Quizá por eso la vocación tiene tanto que ver con el camino. Porque no se reduce a escoger una profesión; es descubrir una dirección. Es reconocer aquella voz, aquella convicción o aquel horizonte que da unidad y sentido a nuestros pasos. La vocación responde a una pregunta esencial: ¿Qué sentido quiero dar a mi vida, a mi camino?

Es posible tener éxito y, sin embargo, vivir dispersos. Es posible alcanzar metas importantes y, aun así, experimentar una cierta sensación de vacío, porque el ser humano no necesita solamente objetivos, necesita dirección. La vocación es esa dirección, es aquello que nos permite comprender que la vida no consiste únicamente en acumular experiencias, sino en orientarlas hacia algo que consideramos valioso y digno de nuestra entrega. La vocación no elimina la incertidumbre del camino; lo que hace es ofrecer una dirección; no le entrega al peregrino un mapa completo, pero sí una razón para dar el siguiente paso. Y, muchas veces, eso es todo lo que necesitamos para comenzar.

Vivimos en una época que busca garantías. Quisiéramos conocer de antemano el resultado de nuestras elecciones, la estabilidad de nuestros proyectos, el éxito de nuestros esfuerzos. Sin embargo, la vida real raramente concede semejantes seguridades. No desesperemos, la madurez no consiste en poseer todas las respuestas, sino en tener el coraje de caminar cuando las respuestas todavía son parciales. No se trata de avanzar ciegamente, sino de hacerlo con confianza, con propósito y con fidelidad a aquello que reconocemos como verdadero y valioso.

Pero hay algo más.

La vocación alcanza su plenitud cuando se convierte en misión. La vocación tiene que ver con aquello que descubrimos acerca de nosotros mismos; la misión tiene que ver con aquello que ofrecemos a los demás. Dicho de otra manera, la vocación nos ayuda a responder quiénes somos; la misión nos ayuda a responder para quiénes vivimos.

Una profesión se convierte en misión cuando deja de ser solamente una fuente de realización personal y se transforma en una forma de servicio. Cuando nuestros conocimientos, capacidades y esfuerzos se ponen al servicio de una necesidad humana, de una comunidad, de una causa o de un bien que trasciende nuestro interés inmediato. Entonces el camino adquiere una profundidad nueva; ya no caminamos únicamente para llegar más lejos, caminamos para que nuestra vida sea fecunda para otros.

Ahí aparece la transición natural de vocación a misión: la vocación comienza cuando descubrimos qué dirección da unidad a nuestra vida; la misión comienza cuando comprendemos que esa dirección no es sólo para nosotros, sino también para el bien de los demás.

Por eso es importante, querido graduado, que celebres el logro conseguido: la obtención de un título universitario; pero, sobre todo, celebra que estás en camino. Un camino que hay que recorrer de tal manera que, al mirar atrás, puedas reconocer una vida que tuvo dirección, propósito y significado.

Buen camino, graduados.

Calendario

«julio de 2026»
lu.ma.mi.ju.vi.sá.do.
293012345
6789101112
13141516171819
20212223242526
272829303112
3456789

Opinión y divulgación