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¿Los hombres pueden quedar embarazados? (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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¿Los hombres pueden quedar embarazados? (Carola Minguet, Religión Confidencial)

La semana pasada, durante una audiencia del Senado de Estados Unidos sobre la regulación de las píldoras abortivas, se produjo un intercambio que, por un momento, pareció más propio de una comedia de enredos que de un órgano legislativo. La senadora Ashley Moody planteó una pregunta sobre la seguridad y el acceso a estos tratamientos, incluyendo supuestos en los que hombres, entendidos en términos de identidad de género, pudieran verse involucrados. A partir de ahí, el senador Josh Hawley insistió ante Nisha Verma, experta en obstetricia y farmacología, en obtener una respuesta clara y sencilla: “¿Pueden los hombres quedar embarazados?”

Verma evitó el sí y el no, como quien esquiva una cáscara de plátano en plena acera. Explicó que no estaba segura de cuál era el objetivo de la pregunta y que, como médica que atiende a pacientes con diversas identidades, consideraba que las preguntas binarias son herramientas políticas que polarizan el debate.

Vista desde fuera, la escena tiene algo de slapstick institucional: un senador que pregunta cuánto son dos más dos y una experta cualificada explicando por qué no conviene responder con números. La risa, sin embargo, se corta pronto. Porque lo inquietante no es sólo la pregunta, sino el mundo mental —y estratégico— que se despliega en torno a ella.

El problema no es si un hombre puede quedar embarazado, porque no puede. El problema es qué ocurre cuando decidimos tratar la realidad como si fuera una encuesta. Ya no discutimos políticas de salud a partir de datos, riesgos o consecuencias, sino desde percepciones cuidadosamente moldeadas, donde el lenguaje deja de describir el mundo para intentar reemplazarlo. La verdad, en este caso biológica, se convierte así en una moneda retórica: algo que se intercambia, se matiza o se guarda en el bolsillo según convenga, como si la naturaleza estuviera pendiente de nuestras votaciones.

Cuando el lenguaje deja de señalar y empieza a mandar, algo se desordena. Si el símbolo se impone sobre la verdad, y la forma se come al fondo, la mente se desorienta. No estamos ante una simple disputa semántica, sino ante una renuncia a la percepción misma de lo real.

Quienes defienden este uso del lenguaje suelen decir que no se trata de negar la biología, sino de proteger a minorías vulnerables. Presentado así, el argumento puede llegar a sonar noble, pero una cosa es la tolerancia y otra muy distinta pedirle a la carne y la vida que se vuelvan confusas para sostenerla. Entonces la ambigüedad se torna manipulación, y el respeto, en lugar de proteger a algunos, acaba funcionando como una imposición ideológica para todos. Es como discutir el color del mapa mientras se ignora el precipicio que señala.

Mientras tanto, hay mujeres enfrentándose a dilemas no sólo médicos, sino existenciales, muy concretos, y profesionales de la salud atrapados entre protocolos clínicos y consignas ideológicas. Son personas reales, sin micrófonos ni aplausos, tomando decisiones irreversibles que afectan a seres humanos que aún no han pronunciado palabra alguna, pero cuya existencia es bastante más tangible que cualquier debate senatorial. La política, cuando se divorcia de la realidad, se convierte en espectáculo; y como ocurre siempre con los espectáculos, quienes pagan el precio no son quienes están sobre el escenario.

Preguntarse si un hombre puede quedar embarazado no es sólo un desvarío contemporáneo. Es el síntoma de una cultura que ha perdido el contacto con los límites que la sostienen, con esas leyes de la naturaleza que no se negocian en comités ni se corrigen por enmienda. Y cuando los límites desaparecen, no se amplía la libertad: se pierde el sentido de la responsabilidad.

El lenguaje no es un instrumento neutro. Forzarlo hasta que la realidad parezca opcional no solo confunde la inteligencia, sino que debilita nuestra capacidad de proteger a los más vulnerables. Porque si todo es discutible y redefinible, incluso el funcionamiento elemental del cuerpo humano, entonces las decisiones más graves dejan de apoyarse en suelo firme. Es lo que ha ocurrido en este Senado, donde la pregunta sigue flotando en el aire, no porque no se sepa la respuesta, sino porque nadie está seguro de que decirla sea aceptable.

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