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Incómoda verdad (Francesco Trabalza, Las Provincias)

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Incómoda verdad (Francesco Trabalza, Las Provincias)

La verdad nos hace libres, escribe Juan, el evangelista “filósofo”, transfiriendo al cristianismo el amor por lo verdadero del gran pensamiento griego. Sócrates afronta la muerte para reafirmar la parresía, el derecho-deber de expresar la verdad. Platón, a través del mito de la caverna, establece la relación entre la verdad y la luz, pues la sombra es confundida con la realidad por sus habitantes. Los presocráticos, a través de la búsqueda del arché, el origen, buscaban la verdad, la respuesta a las preguntas que atormentan al hombre desde que se reconoció sapiens, la criatura distinta de cualquier otra.

Nuestra época, por el contrario, es la de la crisis de la verdad, de la negación de la realidad. El ser humano contemporáneo, convencido de que puede construirse a sí mismo, mantiene una relación cada vez más problemática con lo que le rodea y con lo que experimenta. La modernidad puso la razón en el centro. Pero también introdujo la idea de que la realidad no es más que lo que percibimos y representamos. Es la herencia de Kant y, en parte, de Hegel. Poco a poco, la razón dejó de buscar la verdad para centrarse en la exactitud, siguiendo el modelo de la física de Newton: medir, calcular, prever. Así, el orgulloso homo faber termina por ver la realidad como un espejo mediado por su conciencia. Es el eclipse del sólido realismo -sostenido por la fe trascendente- de Tomás de Aquino, que expulsaba de las lecciones a quien no creyera que la manzana puesta sobre la mesa fuese realmente una manzana.

Un preámbulo necesario para introducir la crisis, el ocaso de la verdad en el tiempo del alboroto que nos ha tocado en suerte. Lyotard lo llamó posmodernidad por el fin de las grandes narraciones veritativas. Un agudo pensador contemporáneo, Byung-Chul Han advierte de que las narraciones se degradan en informaciones: infocracia. Es la sociedad digital -esto es, basada en la cifra- que no narra, sino que cuenta, calcula, acumula y elabora datos, cuyo objetivo es el uso tecnológico y previsional para “re-crear” la realidad. La fracción de mundo que se miente a sí misma denominándose Occidente sin referencia a la geografía y a la historia vive en Babilonia. Confusión, desorden, ausencia de puntos en común. Es lo contrario de comunidad y de sociedad. Cada uno habla un lenguaje distinto: el resultado es el fin de la verdad, la abolición de la realidad. Se alza el proyecto de lo Único, de lo desmesurado, de lo ilimitado que se estrella contra la naturaleza y termina por negarla. Para G. B. Vico, siguiendo las huellas de la sabiduría antigua, verum factum est: la verdad es el hecho mismo. Nada más ajeno al hodierno esclavo de Babel, que re-crea la realidad, niega las leyes de la naturaleza para someterlas a una voluntad de poder que desafía la verdad.

Raramente en la historia se ha desarrollado una civilización tan tenazmente enemiga de la verdad, es decir, de la realidad. Solo la ciencia parece habilitada para expresar verdades, aunque su tarea, el desvelamiento de las leyes de la naturaleza (invariables, sólidas, permanentes), se limite ya a proporcionar apoyo al verdadero demiurgo contemporáneo, la técnica. Pero techné, “cómo se hace”, no expresa verdad, es solo un mecanismo. Más exigente es la ciencia, que procede por hipótesis, no pretende poseer la verdad y acepta la refutación. Lo que no se puede refutar es la evidencia de lo que constatamos.

La verdad -repitámoslo con fuerza- es que el hombre es una mezcla de naturaleza y cultura cuyo reconocimiento es adhesión al principio de realidad. Negadas verdades clarísimas en todo tiempo y civilización, la pendiente es el fin del principio de realidad y la transformación de la libertad en capricho. Por desgracia, tal deriva es administrada por el poder, que llega a castigar con sanciones penales a quien se atreva a contradecir la “neo-verdad”. Hay quien ha perdido la cátedra por haber reafirmado que solo la mujer da a luz, mientras que ya es temerario afirmar que los sexos son dos. El mundo se convierte en representación, espectáculo organizado en el que nadie reconoce una proposición verdadera de una falsa. O bien se adhiere sin reflexionar a la “verdad oficial” preconstituida por el poder, dueño de las armas culturales, de los conocimientos técnicos y de las tecnologías para separarnos de la realidad, es decir, de la verdad. Es una forma de esquizofrenia, de escisión, en la que es verdadero aquello que es presentado como tal por el aparato de la comunicación. Verdad es la versión oficial.

Tarea del conocimiento es reconocer la verdad -que realmente hace libres- y proclamarla. La pregunta por tanto es incómoda: ¿queremos realmente la libertad? Y, más aún, ¿estamos dispuestos a soportar y a defender la verdad?  En el mito de Platón, quienes permanecen en la caverna intentan matar al que regresa para contarles lo que ha visto fuera. Donde todo es líquido, fluido, cambiante, no hay lugar para la verdad, que es sólida, inmutable y no se puede someter a votación. Hoy falta la “preocupación por la verdad” (Byung-Chul Han) y la ausencia de esa referencia fundamental nos encierra en una caverna, digital pero no menos espesa que la platónica.

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