Alerta educativa. Los adultos a tan sólo un click (Sara Martínez Mares, Las Provincias)
Noticia publicada el
martes, 14 de abril de 2026
Las alertas alimentarias o climatológicas despiertan un interés social vertiginoso; pero no sucede lo mismo cuando la alerta es educativa. Cuando una alumna levanta la mano en un aula universitaria y, sin mantener contacto visual con la profesora e interrumpiendo a cualquiera, impulsivamente dice “¡una cosa!” (traduzco: “tengo una pregunta, profesora”), la corriges y piensa que tiene razón, entonces tenemos un problema. Tenemos un problema si, durante sus prácticas en docencia, un alumno de máster universitario habla con los estudiantes a quienes está aprendiendo a formar, sobre las discotecas a las que van, y cuando se le llama la atención, piensa que le cae mal a su tutor. Tenemos un problema, incluso de salud, diría yo, si una joven residente de urgencias hospitalarias lleva sin atender a tres pacientes durante más de cinco horas (cosa inédita hasta ahora), se le llama la atención, y encima piensa que ella y sus excusas tienen razón. Asimismo, cuando a un grupo de alumnos del campo sanitario se lo lleva a una charla, supongamos, a un banco de sangre, y el médico que habla con intención formativa tiene que llamar la atención varias veces, diciendo que se pueden ir si no les interesa, seguimos teniendo un problema. Pero tenemos todavía un problema mucho mayor si el médico, indignado y viendo el desinterés, se va del aula y encima el alumnado suelta una carcajada. Aprendemos “a aprender” como dice la ley educativa, pero no aprendemos a estar.
Llevo tiempo dándole vueltas al asunto y creo que ya me siento capacitada para hacer un ejercicio empático sobre lo que se les pasa por la cabeza a los adolescentes cuando se ríen de ese médico o de un profesor enfadado. Papás, mamás y formadores en general: los adolescentes no entienden por qué se tienen que callar cuando un adulto está hablando, ya sea en un aula o en el comedor de su casa. Esto no implica que a los niños no se les tenga que escuchar, pero sí estoy queriendo decir que no es recíproco por su parte. Si mi intento de traducción empática es realista, esto supone un mazazo para la educación moral. La base del estudio es la disciplina, y el motor del aprendizaje el asombro. Hablemos sobre la primera porque respecto a la segunda, la hiperestimulación smart-telefonista la está matando: la educación en virtudes estudia la potencialidad de los hábitos para transformase en acciones perseverantes, justas, amables o prudentes. ¿Pero a quién le importa esto? Riámonos juntos de la indignación del médico: “bro, el tonto es ese adulto con arrugas y alguna cana que no deja de decir memeces sanguíneas un poco random.” Ahora bien, si preferimos no reírnos, entonces entendamos por fin que no podemos delegar la formación ética en cosas tan extravagantes como las “competencias de ciudadanía global” que imparten los profesores a sueldo, que bastante tienen ya.
Sin menospreciar la teoría moral, campo de mi investigación, la virtud se forja, por ejemplo, en la mesa: comer o cenar juntos en casa y cuando tu papá, tu tía o tu hermana hablan, respetamos el turno de palabra, seguimos la conversación y, si queremos cambiar de tema porque necesito contar algo, no lo hacemos impulsivamente. No somos gatos dependientes de instintos, necesitamos al adulto que, en palabras de Hanna Arendt, “representa para el joven un mundo cuya responsabilidad asume”, precisamente porque lo introduce en un mundo que ya viene rodado y que vale la pena preservar; y si en algo hay que cambiarlo, primero hay que conocerlo. Este elemental ejercicio, decía nuestra filósofa, se basa en el orden vertical que confiere la naturaleza entre los viejos y los nacidos. El adulto que abandone el ejercicio de la introducción al mundo, incluyendo al mundo moral, entonces “se lava las manos” ante el niño. Ejemplos de abandono moral pueden ser cosas como no enseñar actitudes de espera, de atención, de no levantarse de la mesa porque la abuelita no ha terminado de comer, de que las cosas (y las personas) no se comportan siempre como uno desea, de que, a lo mejor, uno tiene parte de responsabilidad en una acción y no siempre es que “el profesor es tonto”.
Jugando a ser postmodernos, podemos hasta no estar de acuerdo con este sistema cronológico que la naturaleza ha “impuesto”, y pegar la pataleta: al fin y al cabo, ¿por qué tendrían que escucharnos? Tienen a los adultos a tan sólo un click, sólo para resolverles sus problemas cuando el mundo es malo con ellos. Pero si es así, dan ganas de decir a los adolescentes: “¡bros, subid vosotros a la palestra, arregladnos las pensiones y las vías de tren, enseñadnos lo que implica una atención “urgente”, o lo que es un grupo sanguíneo, que, a lo mejor, los que necesitamos gafas progresivas estamos equivocados y os queremos fastidiar!
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