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Ética y humanidad: León XIV en el Congreso de los Diputados de España (Julio Tudela, El Debate)

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Ética y humanidad: León XIV en el Congreso de los Diputados de España (Julio Tudela, El Debate)

Hay discursos que se consumen en el ciclo informativo de unas horas y desaparecen sin dejar huella. Y hay otros que, independientemente de las convicciones religiosas de quien los pronuncia o de quien los escucha, obligan a detenerse y reflexionar porque abordan cuestiones fundamentales. La intervención del papa León XIV ante el Congreso de los Diputados el pasado 8 de junio, pertenece a esta segunda categoría.

En una época caracterizada por la velocidad, la polarización y la fascinación tecnológica, el Pontífice propuso una idea tan sencilla como revolucionaria: el futuro de nuestras sociedades dependerá de la capacidad que tengamos para reconocer la dignidad inherente a cada ser humano. No parece una afirmación especialmente novedosa. Sin embargo, basta observar algunos de los debates que dominan hoy la esfera pública para comprender hasta qué punto esta convicción está siendo cuestionada.

Vivimos en un tiempo en el que se multiplican las posibilidades técnicas para intervenir sobre la vida humana. Podemos editar genes, desarrollar sistemas de inteligencia artificial capaces de realizar tareas cada vez más complejas y proyectar escenarios en los que la frontera entre lo biológico y lo tecnológico se vuelve difusa. Paradójicamente, cuanto mayor es nuestro poder sobre la naturaleza, más incierta parece nuestra comprensión de lo que significa ser humano.

Por eso resulta especialmente relevante que León XIV haya querido situar el concepto de dignidad humana en el centro de su reflexión. No como una idea abstracta ni como una fórmula jurídica, sino como el fundamento mismo de la convivencia social.

La dignidad humana no depende de la edad, del estado de salud, de la inteligencia, de la autonomía ni de la capacidad productiva. No aumenta cuando una persona alcanza el éxito ni disminuye cuando atraviesa una situación de vulnerabilidad. Esta afirmación, que durante siglos constituyó uno de los pilares de la civilización occidental, comienza a resultar incómoda en una cultura que mide el valor de las cosas -y a veces también de las personas- según criterios de eficiencia, utilidad o rendimiento.

Quizá por eso uno de los conceptos más inquietantes de nuestro tiempo sea el de la llamada «cultura del descarte», popularizado por el papa Francisco y retomado ahora por su sucesor. Se trata de una lógica aparentemente invisible que lleva a considerar prescindibles a quienes no responden a determinados estándares de autonomía, productividad o bienestar.

Cuando una sociedad empieza a clasificar vidas más valiosas y vidas menos valiosas, el problema deja de ser exclusivamente moral o religioso. Se convierte en una cuestión de civilización.

La experiencia histórica debería bastar para hacernos prudentes. Las mayores tragedias del siglo XX no comenzaron con actos de violencia masiva. Empezaron mucho antes, cuando determinados grupos humanos dejaron de ser considerados plenamente dignos de protección. Cuando algunos dejaron de ser vistos como personas para convertirse en problemas, obstáculos o cargas.

Esta reflexión adquiere una relevancia especial en los debates bioéticos contemporáneos. El aborto, la eutanasia, la selección genética o determinadas propuestas transhumanistas plantean preguntas que no pueden resolverse únicamente mediante procedimientos legales o mayorías parlamentarias. Antes de preguntarnos qué podemos hacer, deberíamos preguntarnos qué debemos hacer y por qué.

Porque la legalidad y la ética no son conceptos equivalentes. A lo largo de la historia han existido leyes profundamente injustas que, sin embargo, fueron plenamente legales. La esclavitud, la segregación racial o la persecución de minorías contaron en su momento con respaldo normativo. La mera aprobación de una ley no convierte automáticamente en justo aquello que regula.

En este sentido, una de las aportaciones más interesantes del discurso de León XIV es su insistencia en que la legitimidad última del derecho debe medirse a la luz de la dignidad humana. Una ley alcanza su verdadera grandeza cuando protege a la persona, especialmente cuando esta es más vulnerable.

Y es precisamente la vulnerabilidad la que parece haberse convertido en uno de los grandes desafíos culturales de nuestro tiempo.

La sociedad contemporánea exalta la independencia, la autosuficiencia y el control. Sin embargo, la realidad humana está marcada por la dependencia desde el inicio hasta el final de la vida. Todos hemos necesitado cuidados al comenzar nuestra existencia y probablemente volveremos a necesitarlos en los momentos de mayor fragilidad. Negar esta evidencia conduce a una visión empobrecida del ser humano.

Quizá por eso el Papa dedicó una parte significativa de su intervención a reivindicar el papel de la familia. No como una construcción ideológica ni como una simple estructura social, sino como el lugar donde aprendemos las lecciones más importantes sobre la condición humana: que necesitamos ser acogidos, que somos responsables de otros y que el amor auténtico se expresa muchas veces a través del cuidado.

También resulta especialmente pertinente su reflexión sobre la inteligencia artificial. Nos encontramos ante una tecnología extraordinaria, capaz de transformar profundamente la medicina, la educación, la investigación científica o la comunicación. Sería absurdo ignorar sus beneficios. Pero también sería irresponsable asumir que toda innovación tecnológica representa automáticamente un progreso humano.

La tecnología amplifica las capacidades de quienes la utilizan. No corrige por sí sola los errores morales ni resuelve los grandes interrogantes éticos. Al contrario, puede multiplicar sus consecuencias.

La pregunta decisiva no es si las máquinas serán cada vez más inteligentes. La pregunta decisiva es si nosotros seguiremos siendo suficientemente sabios para utilizarlas al servicio de la persona.

En el fondo, todas estas cuestiones convergen en un mismo punto. La gran discusión de nuestro tiempo no es tecnológica, económica ni siquiera política. Es antropológica. Se trata de decidir qué visión del ser humano queremos defender y transmitir a las próximas generaciones.

Si aceptamos que el valor de una persona depende de su utilidad, acabaremos construyendo sociedades donde los débiles siempre estarán en riesgo. Si, por el contrario, reconocemos que cada vida posee una dignidad intrínseca e inviolable, podremos afrontar los desafíos del futuro sin renunciar a aquello que nos hace verdaderamente humanos.

Tal vez por eso el mensaje más importante del discurso de León XIV pueda resumirse en una sola idea: el progreso solo merece ese nombre cuando contribuye a hacer la vida más humana. Todo lo demás, por brillante que parezca, corre el riesgo de convertirse en una sofisticada forma de retroceso.

Y en una época fascinada por la innovación permanente, recordar esta verdad elemental puede ser uno de los actos más necesarios y valientes.

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