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La aureola de neón (Carola Minguet, Las Provincias)

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La aureola de neón (Carola Minguet, Las Provincias)

Una imagen aparece, hace su trabajo y se retira. El daño —o la ganancia— ya está hecho. Es la nueva cortesía del espectáculo: no pide permiso para entrar y no se despide al salir. Esta semana lo hemos visto a partir de una estampa generada por IA, difundida desde canales vinculados a la esfera del Gobierno estadounidense (y amplificada desde la cuenta del propio presidente), con una estética fácilmente asociable a Jesucristo. Provocó reacción inmediata y se eliminó poco después, no sin antes dejar su residuo de adhesión, escándalo y cinismo.

Quien quiera reducirlo a una anécdota se equivoca. No tanto por la pieza en sí, sino porque revela un conflicto más profundo: una disputa por lo que el lenguaje autoriza. Es decir, quién puede reclamar legitimidad, con qué símbolos y bajo qué condiciones una puesta en escena pretende pasar por verdad. Cuando el poder toma prestado lo sagrado, no está decorando el mensaje; está disputando el lugar desde el que se habla y se obedece.

Nuestro tiempo —que gusta de proclamarse descreído— mantiene, sin embargo, una relación ambigua con lo religioso; vacía los templos y luego importa lo sagrado, en versión barata, a la propaganda. A falta de cielo, ofrece neón.

Si lo sagrado se reduce a iluminación, la verdad empieza a medirse por su rendimiento. La política aprende pronto esa medida. Es entonces cuando entra un modo de hacer política que se ha vuelto reconocible: si gana, «tenía razón»; si se impone, «era necesario»; si logra adhesión, «ha demostrado» lo que decía. No es exclusivo de Trump; en él, sin embargo, se vuelve método. La política-espectáculo no discute tanto como conquista; no persuade, vence. Por eso los desacuerdos se degradan con facilidad en etiquetas: el adversario es «débil», «capturado», «ingenuo» o —esa palabra comodín— «hipócrita». En ese terreno, la conversación es una pérdida de tiempo, porque lo que se busca no es un diálogo, sino un escenario.

Y, en un escenario, la imagen es la herramienta perfecta, porque sustituye el juicio por una sensación.

Aquí se entiende la lógica de la «aureola de neón». No basta con gobernar; hay que convertirse en icono. Y conviene abandonar pronto el pantano de las intenciones. Importa poco si se «pretendía» una cosa u otra: importa el efecto. El saldo de estas imágenes consiste en enseñar que la salvación se parece al éxito. Y que el poder puede reclamar una legitimidad trascendente si logra imponer una estética sacralizada. No basta con admirar a un hombre: se rebaja el cielo hasta que le quede a su medida. Lo irónico es que la época que presume de no creer en milagros se traga, sin pestañear, la utilería de ciertos dirigentes.

Pero, además, el problema de estas aureolas no es que pretendan elevar a un hombre, sino que rebajan la idea misma de redención hasta convertirla en un efecto de iluminación. Es una teología de cartel que promete salvación sin sacrificio, gloria sin servicio, victoria sin verdad. Y cuando la redención se vuelve estética, la conciencia pasa a ser una molestia.

Quienes se encogen de hombros dirán que todo esto es humor, una provocación, un troleo sin consecuencias. Pero ésa es precisamente la astucia: convertir lo serio en broma. En cuestiones simbólicas, lo insinuado puede resultar más eficaz —y más corrosivo— que lo explícito. Una blasfemia abierta provoca defensa; una blasfemia sonriente provoca costumbre. Y cuando la costumbre se instala, ya no hace falta la herejía.

Lo más inquietante no es que existan seguidores dispuestos a exagerar, sino que el propio mecanismo del poder no siempre se apresure a corregir esa exageración, porque sólo quien conserva intacto el sentido de lo sagrado entiende que hay comparaciones que ofenden. La ausencia de rectificación también comunica. No es necesario que un hombre se proclame ungido para que el silencio ante tal comparación resulte escandaloso. El verdadero escándalo no está sólo en la imagen, sino en la confusión moral que revela: una sociedad que ya no distingue entre el gobernante y el redentor.

Por eso, en esa clase de escenas, el papel del papa no es ornamental. León XIV no entra como un actor que compite por el foco, sino como un recordatorio de que existe un tipo de palabra que no depende del aplauso. Y es que el lenguaje es algo muy serio.

Su respuesta —«no tengo miedo»— no es un desafío personal; es una declaración sobre el lugar de la conciencia frente a la intimidación del poder. Cuando un pontífice habla contra la guerra, o contra el uso interesado de la fe, no está «haciendo política» en el sentido estrecho: está recordando que la vida humana no es una ficha de tablero, y que ningún Estado puede reclamar bendición automática para sus bombardeos. Esa gravedad no es teatral.

Ése es el punto en el que la política-espectáculo se siente especialmente irritada: la conciencia es el adversario más molesto, porque no se derrota con un trending topic. Introduce una incomodidad que la maquinaria de la imagen detesta: la posibilidad de que algo sea verdadero, aunque no sea rentable; y de que algo sea injusto pese a ser eficaz. La conciencia, cuando habla, señala los límites.

Conviene, entonces, recuperar proporciones. La autoridad auténtica renuncia a la exhibición. Por eso el engaño es fácil de detectar: una aureola autoimpuesta suena a publicidad; un salvador que se anuncia a sí mismo huele a marquesina. Y una propaganda que se disfraza de sacro no eleva la política; la infantiliza, la vuelve caprichosa.

Se dirá que la política siempre ha sido simbólica, y es verdad. Pero antes el símbolo señalaba algo fuera de sí y hoy, demasiadas veces, se agota en el foco. Esa inversión lo contamina todo. A la política, al menos, le roba su responsabilidad.

Tal vez la pregunta no sea si una imagen concreta cruzó una línea —aunque la cruzara—, sino por qué hoy necesitamos rebasarla. O, dicho de otro modo, tal vez el problema no sea sólo que algunos poderosos quieran parecer divinos, sino que ya no se crea que lo divino sea real. Ése es el triunfo más profundo del espectáculo: que se vuelva verosímil. Y cuando el espectáculo se vuelve verosímil, la verdad parece «ingenua» y la humildad, «debilidad».

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