El gobernante resistente (Carola Minguet, Las Provincias)
Noticia publicada el
sábado, 10 de octubre de 2026
El gobernante resistente suele acordarse del pueblo cuando se le acaban las maneras de esquivarlo. Hasta entonces, la ciudadanía puede permanecer tranquilamente en casa. Pero cuando seguir adelante se complica, experimenta una súbita emoción democrática.
Lo cómico es que presente esa necesidad como una epifanía moral. Los mismos números que ayer hacía bailar a su compás han dejado de seguirle el paso. Convoca entonces elecciones para «escuchar al país», como si el país hubiera permanecido mudo y no llevara meses expresándose. Y anuncia que ha llegado «la hora de los ciudadanos». Es una expresión curiosa, porque los ciudadanos llevan ahí todo el tiempo.
Después llegará la campaña, y los ciudadanos, que hasta la víspera eran contribuyentes o porcentajes, recuperarán su nombre de pila. Visitará mercados, preguntará por los tomates y contemplará con admiración científica el transporte público. Bajará a la calle y se sorprenderá de que la calle continúe allí. También dirá que el Gobierno les devuelve la palabra, aunque nunca le perteneció.
Al principio quiere conservar el puesto para cumplir un programa; luego, conservar el puesto se convierte en la parte del programa que admite menos cambios. Todo lo demás puede negociarse. Los principios se flexibilizan y las líneas rojas adquieren la movilidad de las cintas con que se ordena una cola. Ese desplazamiento exige, además, una pequeña operación sentimental: convencerse de que el país lo necesita tanto como él necesita el cargo. A partir de ahí, una crítica puede parecerle una irresponsabilidad; una mayoría alternativa, una amenaza; y su propia salida, una desgracia colectiva.
También cambia el sentido de las elecciones. Si gana, el pueblo ha hablado con claridad. Si pierde, habrá que preguntarse qué le ha impedido comprender lo que estaba en juego. Los ciudadanos son soberanos, desde luego, pero se espera de ellos que ejerzan la soberanía con cierto sentido de la gratitud.
Será que no distingue bien entre dos formas de resistencia. La noble acepta perder el puesto antes que traicionar aquello que defiende; la degradada acaba traicionándolo para conservar el puesto.
Tal vez la convocatoria le recuerde que no es propietario de la palabra de los ciudadanos, como tampoco del cargo. Puede decorar el despacho, acostumbrarse al sillón y llegar a creer que la estabilidad institucional consiste en que nadie le pida levantarse. A fuerza de resistir, el gobernante corre el riesgo de acabar confundido con los muebles. Pero los despachos mejor amueblados también conservan una puerta que puede abrirse desde fuera.