Cristianismo y ciencias: las lecciones de John Henry Newman sobre los límites del saber (Manuel Ortuño, Exaudi)
Noticia publicada el
martes, 3 de noviembre de 2026
A mediados del siglo XIX, el cardenal británico trazó una frontera clara entre el método científico y la teología. Sus discursos universitarios siguen desmontando hoy el viejo mito que enfrenta la fe con el laboratorio. El avance técnico de las últimas décadas ha venido acompañado de una consecuencia imprevista: sabemos cada vez más sobre parcelas cada vez más pequeñas. Las facultades universitarias se han especializado tanto que las distintas ramas de la ciencia apenas se hablan entre sí, y cualquier alusión a las cuestiones éticas o trascendentes suele quedar arrinconada bajo la bandera de una supuesta neutralidad académica.
El fenómeno no es enteramente nuevo. Entre 1855 y 1858, nombrado rector de la recién creada Universidad Católica de Irlanda, el entonces presbítero John Henry Newman dedicó buena parte de sus discursos a este mismo problema.
Dos preguntas distintas
La postura de Newman parte de un principio lógico elemental: la verdad es indivisible. Si Dios es el creador de las leyes físicas y, al mismo tiempo, el origen de la revelación cristiana, la investigación rigurosa de la naturaleza nunca podrá chocar con las verdades de la fe.
Cuando Newman se dirigía a los alumnos de Medicina o de Ciencias Naturales en Dublín, insistía en acotar el campo de trabajo. La ciencia busca responder al cómo de las cosas mediante la observación, la hipótesis y el cálculo. La teología, en cambio, se ocupa del porqué y del sentido último de la vida humana. El problema no surge cuando el científico investiga o cuando el teólogo enseña, sino cuando uno de los dos salta la valla e intenta aplicar sus métodos al campo del otro.
“La ciencia investiga el ‘cómo’ mediante la observación y el cálculo; la teología se ocupa del ‘porqué’ y del sentido de la vida. El problema surge cuando uno intenta aplicar sus métodos en el campo del otro”
Ni cientificismo ni sospecha
En aquellos discursos, recopilados en gran parte en su obra La idea de la universidad, Newman criticó dos actitudes contrapuestas que hoy siguen muy presentes en el debate público: el reduccionismo: la pretensión de que el único conocimiento válido es el que se puede medir en un laboratorio, descartando la filosofía o la teología como simples opiniones de la esfera privada; y el recelo eclesiástico: la tentación de mirar con desconfianza los descubrimientos de la ciencia o intentar corregir el trabajo de los investigadores desde argumentos doctrinales.
Para Newman, la universidad debe ser el lugar donde las disciplinas convivan con autonomía. La presencia de la teología en las aulas no busca tutelar los experimentos de los laboratorios, sino garantizar que la formación del estudiante no quede reducida a una simple capacitación técnica carente de marco moral.
Una fe racional y una ciencia consciente
La relectura de los discursos de Newman deja una enseñanza oportuna para el diálogo cultural de la Iglesia: la fe cristiana no necesita defenderse de la ciencia ni buscar atajos apologéticos. Requiere, sencillamente, rigor en los argumentos y respeto por los métodos propios de cada disciplina. Frente al cansancio de las discusiones ideológicas, el pensamiento del cardenal británico recuerda que la inteligencia humana necesita tanto de la precisión técnica como de las preguntas sobre la trascendencia. Desconectar ambas dimensiones solo consigue empobrecer la mirada sobre el ser humano.