Los propietarios de la intemperie (Carola Minguet, Las Provincias)
Noticia publicada el
sábado, 3 de octubre de 2026
Una tienda de campaña tiene techo, pero apenas cobija; tiene entrada, pero no intimidad; se pliega en pocos minutos porque no arraiga. Por eso las acampadas que se extienden por España no anticipan una sociedad futura. Exponen el fracaso de la presente.
Y eso que la nuestra presume de sentido práctico. Conoce el precio del suelo y la rentabilidad de un edificio. Sin embargo, cuando se le pregunta por la vivienda, responde con una cifra. Es como si un panadero conociera el margen de cada hogaza, pero hubiera olvidado que el pan sirve para quitar el hambre.
Durante años hemos repetido a los jóvenes que deben independizarse. Después hemos organizado la economía para que sólo puedan hacerlo dependiendo de un banco o de un fondo de inversión. Cuando protestan por esa dependencia, los acusamos de no querer asumir responsabilidades. Hemos convertido la emancipación en otra forma de obediencia.
Porque el problema no es que haya propietarios, sino que cada vez resulte más difícil llegar a serlo. Una sociedad de propietarios no es aquella en la que unos pocos poseen muchas casas, sino aquella en la que muchas personas pueden tener una. Hemos defendido con tanto énfasis la propiedad en abstracto que se ha alejado de la vida concreta. La protegemos como principio mientras se vuelve inalcanzable como posibilidad.
Tampoco basta con proclamar el derecho a la vivienda. Los derechos ofrecen un consuelo extraño cuando no encuentran dónde vivir. Se puede tener constitucionalmente un hogar y dormir en un sofá prestado. Entre la solemnidad del artículo y la vulgaridad del alquiler se abre una distancia que ninguna declaración consigue amueblar. Un piso tiene precio, pero también paredes sobre las que medir la altura de los hijos y una puerta tras la cual pronunciar una de las frases más importantes del idioma: «Ya estoy en casa». Su valor no reside en que podamos venderlo, sino en que nos permite volver.
Ahora bien, una injusticia no convierte en sensata cualquier solución. Hay revolucionarios profesionales para quienes una casa resulta menos interesante que una barricada. Algunas consignas parecen dirigirse contra cualquiera que cobre un alquiler, como si tener un piso convirtiera a su dueño en un especulador. La indignación ve con claridad el daño, pero no siempre distingue a sus responsables.
Los acampados acabarán levantando sus tiendas y las plazas recuperarán su aspecto habitual. Entonces será fácil confundir el orden con la solución. No quieren vivir ni en la Puerta del Sol ni en la plaza de Cataluña. Quieren dejar de ser propietarios únicamente de su intemperie.