Óvulos en nómina (Carola Minguet, Las Provincias)
Noticia publicada el
sábado, 17 de octubre de 2026
Hasta ahora, conciliar significaba adaptar el trabajo a la llegada de un hijo, pero algunas empresas de Tarragona han encontrado una definición más cómoda: financiar la congelación de óvulos para que la llegada del hijo pueda adaptarse al trabajo. La práctica se observa ya en las clínicas, donde algunas pacientes solicitan la factura para que la compañía les reembolse el tratamiento.
Que pueda resultar útil a algunas mujeres no basta para convertir esta medida en conciliación: no hace compatibles dos realidades, sino que retrasa una de ellas. El conflicto no se resuelve; se congela.
Se comprende la preferencia. Pagar un tratamiento resulta más sencillo que cambiar horarios, proteger una carrera durante el embarazo o facilitar la reincorporación. La empresa conserva intacta su organización y se presenta como benefactora. No altera sus reglas; paga para que la vida llegue cuando menos las perturbe. Pero la operación va más lejos. El trabajo empezó organizando nuestras jornadas y termina organizando nuestras genealogías. Ya no determina sólo a qué hora entramos o salimos, sino cuándo resulta oportuno formar una familia. Y lo que empieza como una posibilidad individual puede terminar convirtiéndose en una exigencia colectiva: cuanto más fácil resulte aplazar la maternidad, más difícil será justificar que no se aplace.
Éste es el paternalismo de nuestro tiempo. El antiguo daba órdenes; el nuevo ofrece incentivos. No dice a la empleada que retrase la maternidad, sino que introduce en el paquete retributivo una ayuda para hacerlo. La presión ha aprendido modales, pues ya no prohíbe ni amenaza; sonríe, se presenta como libertad y entrega factura. Extraña emancipación la que culmina cuando la mujer dispone de su maternidad para que la empresa pueda seguir disponiendo de ella.
Hay, sin embargo, algo que ningún departamento de recursos humanos puede someter a calendario. La técnica congela óvulos, no el tiempo; conserva una posibilidad, no el porvenir. La maternidad queda reducida a proyecto en suspenso, como una formación pendiente o una excedencia futura. Pero un hijo no es una casilla del plan de carrera, ni está obligado a comparecer cuando la agenda corporativa quede libre.
La generosidad empresarial se mediría mejor con otra pregunta. Si está dispuesta a pagar para que una mujer sea madre después, ¿está igualmente dispuesta a facilitar que lo sea ahora?
Quizá la conciliación empiece el día en que una mujer no tenga que guardar su maternidad en nitrógeno líquido para conservar su carrera. Lo demás será moderno, tecnológico y hasta fiscalmente deducible. Será también la curiosa solución de una sociedad incapaz de hacer sitio a los niños.