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La camiseta de los buenos (Carola Minguet, Las Provincias)
Guillermo González
/ Categories: Opinión

La camiseta de los buenos (Carola Minguet, Las Provincias)

Los futbolistas salieron al campo con una camiseta de apoyo a Ceuta. Casi todos mostraron el lema; algunos lo ocultaron entre los pliegues. Había nacido para expresar solidaridad, pero terminó sirviendo para distinguir a quienes parecían solidarios de quienes no lo parecían bastante. Es una de esas inversiones que nuestra sociedad realiza con facilidad: inventamos un símbolo para unirnos y, en cuanto lo tenemos, empezamos a utilizarlo para separarnos.

Quizá algunos jugadores no estaban de acuerdo, tal vez no entendieron del todo el gesto, puede que se sintieran utilizados o, sencillamente, pensaran que una causa deja de pertenecerte cuando otros deciden cómo debes defenderla. También se puede disentir del gesto sin disentir de la causa, adherirse sin ponerse un uniforme.

Y es que antes los uniformes indicaban a qué ejército pertenecía un hombre; los nuestros pretenden demostrar que se pertenece al bando de los buenos. Son más cómodos, tienen colores amables y suelen estar confeccionados con buenas intenciones. Por eso cuesta tanto negarse a llevarlos. Pero sin la posibilidad de decir no, también el sí queda bajo sospecha. La obligación puede ser necesaria, pero no es una virtud. Si todos debemos pronunciar la misma frase y levantar la misma pancarta, el gesto será unánime, aunque no necesariamente verdadero.

Las camisetas tienen, además, una ventaja: se ponen deprisa y se quitan al terminar el partido. Nos permiten dar una causa por atendida sin acercarnos demasiado a ella. Mientras examinábamos cómo la llevaban los futbolistas, los demás podíamos permanecer vestidos de espectadores.

Tal vez ahí empiece el problema, porque la conciencia es una habitación pequeña. Cabe en ella un hombre, sus dudas y, con suerte, una ventana. Nosotros la hemos convertido en un estadio. Encendemos los focos, enfocamos las cámaras y pedimos a cada cual que demuestre públicamente que siente lo que debe sentir. Después contemplamos las imágenes para descubrir quién ocultó una palabra, quién bajó la mirada o quién no sonrió con suficiente entusiasmo.

Le pasó al jugador marroquí Abde, que recibió insultos y amenazas por llevar la camiseta, y también a los futbolistas que fueron censurados por no mostrarla. A unos, por ponérsela; a otros, por quitársela. La prenda concebida para hermanar acabó convertida en una aduana, con alguien a cada lado comprobando la pureza del viajero. Y Ceuta, que necesitaba que la miráramos, quedó fuera de la fotografía.

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«septiembre de 2026»
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