Cera, incienso y escándalo (Carola Minguet, Las Provincias)
Si algún lector quiere invitar a un amigo que no cree a participar en la Semana Santa, lo primero es tranquilizarlo: no tiene nada que perder. No se le pide que renuncie a su escepticismo o a su sentido práctico, ni siquiera a su desconfianza hacia lo religioso. Como mucho, estará en riesgo la costumbre de no mirar.
Porque lo que sucede estos días en ciudades y pueblos de España no es tanto una afirmación que se impone como un espectáculo que se ofrece. Y digo «espectáculo» en el mejor sentido de la palabra: algo que se ve, que se oye, que se huele —cera, incienso, silencios (otra forma de escuchar)—. Y precisamente porque no se agota en lo sensible, tiene la arriesgada capacidad de colarse en el alma, incluso cuando las puertas están cerradas.
Muchos imaginan el catolicismo como un sistema de ideas abstractas y líneas rectas. Pero estos días baja a la calle y, entonces, deja de ser teoría. Basta el redoble de un tambor que marca el paso; la quietud que se forma delante de una madre que llora a su hijo; una saeta que corta el aire como si lo volviera frágil; los penitentes que avanzan despacio; ese niño que pregunta en voz baja qué ocurre. No es una idea lo que desfila, sino un cuerpo maltrecho. Y no son elucubraciones las que lo acompañan, sino otros cuerpos que sostienen un peso real y hablan un lenguaje compartido que durante generaciones no necesitó explicación.
En casi cualquier otro contexto, convertir la muerte y el dolor en algo digno de ser contemplado parecería absurdo. Podría resultar incluso intolerable. Un inocente ejecutado. Un pueblo que lo pasea como si la humillación fuese honrosa. Una multitud que venera un instrumento de tortura. Un Dios que sufre. Si alguien inventara una religión, no la haría así. Por eso mismo resulta difícil ignorarla.
La Semana Santa no conmemora una victoria evidente, sino una derrota que desbarata la lógica de las victorias. No se trata sólo de una historia que se recuerda, sino de un hecho que insiste. La cruz alzada, lejos de ser un símbolo decorativo, es un escándalo que tampoco esta época ha logrado domesticar del todo. Hay en ella algo que incomoda antes de consolar.
El escéptico puede admitir que aquí hay un desconcierto fértil: ¿por qué repetir cada año el drama de un nazareno que vivió hace dos mil años cuando lo razonable sería olvidarlo? Y, sin embargo, vuelve. No resulta del todo ajeno, seguramente porque apela a algo anterior a nuestras ideas.
Incluso en su secularización, España recuerda que la verdad se anuncia mejor con pies descalzos y que una liturgia heredada —no inventada para tranquilizar conciencias— puede decir más que mil discursos buenistas. Quien mira desde fuera puede quedarse, si quiere, en la superficie: madera tallada, música solemne, costumbres antiguas. Y, aun así, habrá visto algo que su propio mundo rara vez le ofrece: la sospecha de que la esperanza no es un estado de ánimo, sino un acontecimiento que comenzó en un madero y que, al alba, dejó un sepulcro vacío.
Tal vez, después de todo, la mejor manera de explicar la Semana Santa sea no explicarla. Es mejor mirarla y escucharla. Hay cosas que empiezan a entenderse cuando uno presta atención. Si, en medio de ese silencio lleno de pasos y tambores, entre la cadencia de las plegarias y la hondura y gravedad de los oficios, ese amigo llega a sentir una inquietud inexplicable —una nostalgia por algo que todavía no sabe nombrar—, que no se alarme. Es normal, pues lo que ocurre estos días no es costumbrismo, sino un misterio que no pide apagar la razón, sino ensancharla.
No sería el primero en intuir que ahí hay algo que no sólo se contempla, sino que también reclama asentimiento. Tampoco en descubrir que no es la fe la que pide un salto, sino su ausencia. Porque creer que nada de eso —la liturgia, la belleza, la persistencia de siglos— significa algo exige más fe que admitir que acaso signifique algo. Y, sin embargo, tal vez la cuestión no sea sólo lo que a uno le parece, sino lo que es: que esa historia extraña, que se resiste a desaparecer, no depende de nosotros para ser verdadera.
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