La paz es posible (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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Comenzamos un Año Nuevo, todos en este año con el deseo de la paz. Hago mía la plegaria de Israel cuando ora de esta manera: «El Señor te bendiga y te proteja; ilumine su rostro sobre ti y te conceda la paz». Paz con Dios, paz consigo mismo, paz entre los hombres, paz en las familias, paz y concordia entre los pueblos.

«Para lograr la paz, educar la paz». Esto es hoy más urgente que nunca porque los hombres, ante las tragedias que siguen afligiendo a la humanidad, están tentados de abandonarse al fatalismo, como si la paz fuera un ideal inalcanzable. La Iglesia, en cambio, ha enseñado siempre y sigue enseñando una evidencia muy sencilla: la paz es posible.

Más aún, la Iglesia no se cansa de repetir: la paz es necesaria. Necesitamos la paz que exige dominar el afán que hay en todo hombre de sobresalir y vencer, la intolerancia de los que piensan de manera diferente, o las tendencias a la exclusión que tanto nos preocupan. Necesitamos la paz que es el fruto del cumplimiento de las bienaventuranzas, de la confianza puesta plenamente en Dios, de la extinción de la causa de la violencia, y de la ambición desmesurada de la riqueza, del propio interés y del egoísmo. Necesitamos la paz que antepone la bienaventuranza de la mansedumbre, que ofrece a los demás el poder y la supremacía, y que exige hacer gestos valientes de desarme, de afabilidad, de diálogo auténtico.

La paz exige humildad para aceptar cualquier iniciativa que venga a solucionar o a perfeccionar la vida social. Es consecuencia de la bienaventuranza del hambre y sed de la justicia, que no busca la satisfacción propia o la comodidad. Es fruto del deseo ardiente de que Jesús reine en los corazones, que vivan su vida de hijos de Dios, que se establezcan en la misericordia –más exigente todavía que la justicia– y en el perdón, fruto del perdón mismo de Dios.

La paz se ha de construir sobre las cuatro bases señaladas por el San Juan XXIII de la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Se impone, pues, un deber a todos los amantes de la paz educar a las nuevas generaciones en estos ideales, para preparar una era mejor para toda la humanidad. La paz nos pide difundir este mensaje cristiano a tiempo y a destiempo, oportuna e inoportunamente, con humildad y sencillez, pero con persuasión y convencimiento entregado, con obras y palabras, prescindiendo de lo que dirán o pensarán, y sin mirar de reojo buscando la aprobación y el aplauso: como hizo aquel trabajador incansable por la paz, que fue el Papa San Juan Pablo II, hombre de fe, hombre de Dios, testigo de esperanza. Y aceptando, como él, o mejor como nuestro Señor, Rey pacífico y Príncipe de la Paz, ser escarnecidos y humillados por nuestra fidelidad al Evangelio vivo de Dios, el evangelio de la paz. Con la vista puesta exclusivamente en Dios, que es el que trae el perdón, nos da su perdón, y así convierte los corazones y los cambia. «¡No hay paz sin perdón!».

Por muy difícil que parezca, por imposible que algunos la vean, la Iglesia cree firmemente que puede haber paz. «¡Aún hoy, la paz es posible! ¡Y, si es posible, la paz es también una necesidad apremiante!»... La humanidad necesita más que nunca reencontrar la vía de la concordia, al estar estremecida por egoísmos y odios, por afán de poder y deseos de venganza. Y «para lograr la paz, educar la paz ... Los cristianos sentimos, como característica propia de nuestra religión, el deber de formarnos a nosotros mismos y a los demás para la paz».

En este mundo nuestro, en esta época de grandes cambios, en las que de tantas y tan diversas maneras se olvida, y se pisotea, la sagrada dignidad de todo ser humano, y aparece un horizonte lleno de incertidumbres y de amenazas para el futuro de la Humanidad, el Papa San Juan Pablo II, en uno de sus mensajes para la paz, nos alentaba a la esperanza en el logro de la paz.

El Mensaje de este año del Papa Francisco sobre la paz, breve pero muy enjundioso, debiera hacer reflexionar a los responsables de los pueblos y naciones, esto es principalmente a los políticos, pero también a todos los hombres de buena voluntad, a todos los pueblos y naciones sobre esta sangrante y actualísima cuestión, que nos interpela hondamente, particularmente a los que somos cristianos llamados a edificar la paz, como fuente segura de dicha y felicidad, discípulos de Cristo que trae la paz.

La paz viene de Dios. La guerra, de los hombres. La guerra empieza ya en cada hombre, en el interior de cada hombre. Sólo el Príncipe de la paz nos puede dar la paz. Para ello, el mundo tiene que abrirle las puertas a Cristo. Y más todavía hoy, en que no hay paz, en que se ciernen sobre la humanidad entera y amenazan su futuro y supervivencia los negros nubarrones de la guerra, de la violencia, de la siega de vidas inocentes no nacidas o terminales, del terrorismo, de la intransigencia intolerante, del odio, de la venganza, de la exclusión, de la marginación injusta de millones y millones de seres humanos, del hambre y del analfabetismo de la mayoría de la población, de la esclavitud en tantas nuevas y refinadas formas.

Invito a todos a la lectura del Mensaje del Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Paz, que se centra sobre todo en el ejercicio de la política para construir la paz. Como él mismo dice en el lema del Mensaje para este año, «La buena política está al servicio de la paz». Y, junto a la lectura del Mensaje del Papa, que no falte, sobre todo entre los políticos, la puesta en práctica de este Mensaje, breve pero tan enjundioso y provocativo, profético y alentador, del Papa Francisco.

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