La Iglesia en la España de ahora (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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La semana pasada entramos en una nueva etapa de nuestra historia española. Conforme a lo democráticamente establecido en la Constitución, mediante una moción de censura legítima, accedió a la presidencia del Gobierno, Don Pedro Sánchez, del PSOE, a quien le deseo todo lo mejor en su mandato, que es desearlo para España.

La gente, algunos medios de comunicación, me preguntan: ¿qué opina la Iglesia? No puedo responder a esa pregunta, sencillamente porque no me corresponde, sus órganos competentes ya dirán lo que tengan que decir. Lo que sí puedo contestar es por mí mismo, y sin comprometer a nadie que no sea mi persona. Y esta respuesta tiene que ver con la fiesta que el domingo celebramos en toda España: la fiesta del Cuerpo de Cristo; ahí se manifiesta el amor más grande, aquel que impulsa a dar la vida por los propios amigos, y por los enemigos si los hay.
 
En el sacramento del altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, acompañándole en su camino. En efecto, en este sacramento, el Señor se hace comida para el hombre hambriento, hambriento de pan y de libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace auténticamente libres, Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad, la verdad del amor, que es la esencia del mismo Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se compromete a anunciar a todos, «a tiempo y a destiempo», que Dios es amor; y esta es su responsabilidad.

Por esto es tan importante la fiesta del Corpus Christi, providencial este año por las circunstancias concretas en las que la celebramos. ¡Cuántas lecciones podemos y debemos aprender hoy y poner en práctica, sacadas de la Eucaristía! En primer lugar, que no solo de pan o de economía, de riquezas o de sueldos o de presupuestos, vive el hombre, sino de este Pan de Dios, bajado del cielo, que da la vida y la llena de amor, de alegría y esperanza, y fragua la unidad entre todos, y de la Palabra que sale de la boca de Dios: todo esto brota de la Cruz de Jesucristo, que es signo universal de amor y es palabra iluminadora, de sabiduría: la sabiduría de la cruz, considerada necedad para algunos.
 
Esto es lo que la Iglesia ofrece a los hombres, a la sociedad, en estos precisos momentos: ofrecemos lo mejor que se nos ha dado a la Iglesia, a los cristianos, y esto mejor, su tesoro, es: la fe, el misterio de la fe que celebramos, el Cuerpo de Cristo, el misterio del despojamiento de su rango o condición divina, de su rebajamiento y anonadamiento, de la entrega y el servicio de Dios mismo, Amor de los amores, el servicio y la donación de su amor sin límites a los hombres, para el momento presente y siempre, para que nos amemos con su mismo amor y como Él nos ama, sin avasallamientos ni dominios. ¿Quién puede temer esta fe, o quien puede ver en ella dominio, colonialismo, poder, negación de libertades, intransigencia, perturbación del orden o de la convivencia? Que nadie tema a esta fe, cuya substancia está en el sacramento de la fe, el cuerpo y la sangre de Cristo, que celebramos.

Ahí está el gran cambio que debe operarse: el cambio del odio, la mentira, la venganza que llevaron a la Cruz, a la transformación del amor sin barreras, que se opera y da en la Cruz. No, no es el poder ni la lucha por el poder lo que salva, ni tampoco la amoralidad sistemática, ni carecer de principios y valores fundamentales y válidos para todos, ni la traición, ni las maniobras para vencer e imponerse sobre los otros vencidos y derrotados, ni la falsedad, la mentira o las argucias sibilinas, o el odio, la división, la que nos abren caminos de futuro para edificar una sociedad y una ciudad nuevas: solo nos salva el amor, el que vemos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y se nos entrega sin condiciones ni intereses espurios, o se derrama por nosotros para el perdón y la reconciliación; sólo ese amor es digno de confianza para una mesa común, para una casa para todos, o una ciudad libre abierta sin exclusiones.

Esto es la fe que profesamos en la Iglesia, llenos de alegría, este es el misterio de la fe, que ofrecemos a todos, no imponemos a nadie. Pero exigimos el respeto a esa fe que profesamos, porque es un derecho inalienable que nos corresponde y nadie nos puede cercenar o ningunear. Una lección que los cristianos hoy hemos de aprender, consecuencia de este día de Corpus, de este concreto año, es prioritariamente avivar la fe, tener fe, profundizar y consolidar esta fe: este es el sacramento de la fe, Dios está ahí, Amor de los amores, abre caminos de futuro y esperanza, de cambio profundo y verdadero: este es el servicio de la Iglesia siempre y ahora, entre nosotros, el servicio de la fe que no aliena, sino que compromete con la suerte del hombre, con el hombre. y los abre sobre caminos de vuelta a Dios que es Amor, de vuelta a la fe, de abrazar de nuevo y con renovado vigor la fe, y de aportar con renovada alegría esa fe sin la que nada podemos hacer.
 
Me preguntaba ayer mismo una periodista, responsable de comunicación de una institución relevante para la sociedad: ¿qué puede y debe hacer, qué puede y debe aportar la Iglesia, en estos momentos de España? Y le respondí con toda sencillez, con mi mirada puesta precisamente en el día de Corpus: «La fe, eso es lo que debe ofrecer y aportar, fortalecer la fe: ser sencillamente Iglesia, que, como el justo, vive de la fe y la comunica. Sin ella, sin la fe, repito, nada podemos hacer ni aportar nada valioso a esta España nuestra: en esa fe, comprometida, pues si no le faltaría algo, en esa fe, además, veremos y sabremos discernir y nos atreveremos a seguir, juntos, los caminos de futuro que unidos, unidos a Dios, hemos de alumbrar y reemprender. La fe engendra esperanza».

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