Duda y verdad. Una reflexión (Ginés Marco, Las Provincias)

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No se necesita de una larga reflexión para descubrir una verdad esencial: que es posible dudar de todo. Ahora bien, tal duda presupone una certeza previa; porque sería imposible, en general, dudar, si no hubiera en nuestro interior una voz que nos empujara a reconocer la existencia de algo verdaderamente real. Es esto falló, ab initium, el mismo Descartes.

No se trata, por tanto, de que “pienso, luego existo”, sino más bien de que “dudo, luego tengo un cierto conocimiento o intuición de la verdad real”. Desde luego, este conocimiento no es plenamente objetivo o, dicho de otro modo, yo no dispongo de él a mi gusto: la verdad real no está a disposición de mi libertad; tampoco, por tanto, es manipulable. Es más bien ella la que me tiene a su disposición, incluso aunque yo no lo quiera.

El defecto aludido de “falta de objetividad” no significa que la verdad no sea “visible” (y, desde este punto de vista, objetiva), sino solamente que no puedo disponer de ella. En efecto, la verdad nos habla, nos orienta, nos conduce “desde el mismo ser de las cosas”, aclarándonos ella misma de modo progresivo.

Y es que no somos nosotros los que poseemos la verdad, es la verdad la que nos posee cuando acertamos a encontrarla. La verdad, como sostenía Leonardo Polo, no admite sustituto. Y Ortega y Gasset afirmaba en 1934 que: “la verdad es una necesidad constitutiva del hombre […]”. Éste puede definirse como el ser que necesita absolutamente la verdad y, al revés, la verdad es lo único que esencialmente necesita el hombre, su única necesidad incondicional”. Esta verdad necesaria no nos encadena: nos libera de la irrespirable atmósfera de subjetivismo que oprime la conciencia y de la esclavitud a las opiniones dominantes, que representan obstáculos decisivos para un diálogo sincero.

Sofística y política 

La falta relativa de objetividad y la indisponibilidad de la verdad de las que estamos afectados, pueden ser “reinterpretadas” como libertad del sujeto frente a la misma verdad. Así lo hace el escepticismo de la sofística radical (Gorgias, Calicles, Nietzsche), que considera al ser humano libre frente a aquello que no puede ni conocer “perfectamente”, ni dominar (que, en definitiva, sería todo). Pero entonces, en lugar de someterse a la verdad, la persona se somete a su libertad, considerada como una instancia desligada de la verdad, que deviene en capricho. 

A pesar de los esfuerzos de Nietzsche, el problema político de esa sofística radical es que, en esas condiciones, la persona no puede tener confianza en ningún orden social. Cada orden particular concreto, en efecto, supone la libertad de algunas personas que se impondrían a otras. Es decir, los gobernadores sofistas cambiarán arbitrariamente este orden, según su conveniencia, apoyándose en los medios de una retórica engañosa porque –parafraseando al filósofo recientemente fallecido Robert Spaemann- están dispuestos a pagar cualquier precio por lograr su objetivo: sea acceder al poder o, en su caso, permanecer en él.

Parecen olvidar, quienes de este modo ejercen el poder político, que de los dos ámbitos respecto a los que se predica la verdad -el interpersonal y el institucional-, el que más cuesta recomponer cuando se ha perdido es el de la confianza en las instituciones. La razón que da Robert Spaemann se basa en que no existe el perdón en el ámbito de las organizaciones. En efecto, mientras que en el espacio interpersonal concedemos segundas oportunidades, en el ámbito de las instituciones -si podemos elegir y marcharnos a la competencia- no volvemos a quien nos ha defraudado. Solo cuando los representantes de una institución asumen públicamente sus errores y se adelantan a reembolsarme las pérdidas que haya podido sufrir, sin esperar a una resolución judicial que les obligue a hacerlo, podré recuperar –aunque sea de un modo matizado- la confianza en esa institución.

En nuestros días asistimos a un declive sin parangón de la confianza en quienes ejercen el poder en la acción política para resolver los verdaderos problemas de los ciudadanos. Ya forma parte del imaginario común percibir a los gobernantes como gente preocupada por ganar tiempo, y seguir en el machito, aunque para lograrlo hayan de estirar lo que no se sostiene, a pesar del considerable desgaste en el que se ven envueltos, y lanzar supuestas cortinas de humo para desviar la atención. Y digo “supuestas” porque algunas de ellas tienen carga de profundidad, en la medida en que llegan a afectar a la dignidad de las personas. No es difícil advertir incluso la connivencia del poder político con determinadas terminales mediáticas para transmutar el orden de los valores de una sociedad (al modo nietzscheano), para descalificar a quienes promueven la regeneración ética de la vida política tomando como eje la dignidad de la persona humana.

La situación descrita tampoco es enteramente nueva porque hace ya más de cien años que el sociólogo alemán Max Weber avanzó una profecía profana, que venía a concretar las formuladas por Kierkegaard, Dostoievski y Nietzsche. El diagnóstico de Weber se centra en su célebre fórmula del “politeísmo de los valores”. Olvidado ya el único Dios verdadero, que es sustentador de la verdad, los valores se enfrentan entre sí, en una lucha irreconciliable, como dioses de un nuevo Olimpo desencantado. La ausencia de finalidad conduce a la generalizada “pérdida de sentido”. A su vez, esa carencia de sentido hace surgir un tipo de individuos calificados por el propio Weber como “especialistas sin alma, vividores sin corazón”. Hoy están por todas partes. Habitan en los entresijos de una complejidad que no procede de la abundancia de proyectos, sino más bien de fenómenos de fragmentación de la sociedad, anomia de las costumbres, proliferación de efectos perversos e implosión de las instituciones, descritos por sociólogos más recientes.

La conciencia de crisis de la cultura se generaliza, hasta constituir toda una corriente de pensamiento, como sostiene Alejandro Llano. Por su hondura y radicalidad, destaca en ella la figura de Martin Heidegger que afirmaba que. “Solo un Dios podrá salvarnos”, pero continúa Llano su reflexión aclarando que, su débil y ambigua sentencia, no exenta de ribetes turbios, surgía de un pensamiento postmetafísico que renunciaba de antemano a toda ética y, por supuesto, al acceso a una verdad del hombre fundada en la metafísica y abierta a la iluminación de un Dios personal. De postración intelectual tan honda, que se agudiza progresivamente y se prolonga hasta nuestro tiempo, solo puede sacarnos de veras la aceptación de una llamada que surge de una profundidad aún más radical. El abismo de la vaciedad clama por el abismo de la plenitud. La difundida y difusa conciencia de haber llegado a una situación improseguible, a un “final de esa historia”, abre un espacio para escuchar otra narrativa del todo diferente, como es la que apela –en esta era crepuscular- nada menos que a la reposición del valor incondicionado de la verdad como perfección del hombre, a un “esplendor de la verdad”.

 

 

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