¿Quo Vadis, Europa? ¿Quo Vadis, España? (La Razón)

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La semana pasada nos sentimos todos conmocionados ante la noticia del resultado del referéndum en Gran Bretaña sobre su permanencia en Europa. El movimiento que este hecho originó, por ejemplo, en las bolsas y en las economías fue gigantesco. Por mi parte no voy a entrar en las consecuencias económicas que se pueden derivar de esto. Solamente me planteo el interrogante del artículo: ¿Hacia dónde se encamina Europa? Esta es la pregunta: Y la respuesta que me viene de inmediato es la que dio el Papa San Juan Pablo II en aquella jornada europeísta en Santiago de Compostela: «¡Europa, sé tú misma!»; en otras palabras, recupera tu alma, la que te ha dado vida a lo que eres: verdadera cuna de las ideas de persona, verdad y libertad, es decir, de la dignidad humana y del bien común. O la que dio muy recientemente el Papa Francisco en su discurso en el acto en que le fue entregado el Premio Carlo Magno, con el ánimo de «desear todos juntos un impulso nuevo y audaz para ese amado continente». «La creatividad, el ingenio, la capacidad de levantarse y salir de sus propios límites pertenecen al alma de Europa. En el siglo pasado ella ha dado testimonio a la humanidad de que un nuevo comienzo era posible».

Se refería Francisco a los trágicos sucesos de enfrentamientos y guerras que la asolaron en el siglo XX. «Surgió, con la gracia de Dios, una novedad, sin precedentes en la historia. Las cenizas de los escombros no pudieron extinguir la esperanza que ardía en el corazón de los padres fundadores del proyecto europeo. Ellos pusieron los cimientos de un baluarte de la paz, construido por estados que no se unieron por la imposición, sino por la libre elección del bien común. Europa, después de muchas divisiones se encontró fi nalmente a sí misma y comenzó a construir su casa». (Papa Francisco) Para aquellos padres de la unificación europea era claro que había que asentarla sobre aquellos fundamentos que le habían dado su dignidad a Europa, y habían hecho de ella a lo largo de los siglos, más allá de su concepto geográfi co, un concepto histórico, un verdadero acontecimiento del espíritu: ella es, en efecto, morada de las ideas de persona y de derechos humanos fundamentales e inviolables, inherentes a todo ser humano; es decir, de la dignidad humana. Ahí está la identidad de sus pueblos: la identidad de la «casa común» de Europa. Y como señalaba Benedicto XVI, «no se puede edificar una auténtica ‘casa común’, descuidando la identidad propia de los pueblos de nuestro continente. Se trata, de hecho, de una identidad histórica, cultural y moral, antes que geográfi ca, económica o política; una identidad construida por un conjunto de valores universales, que el cristianismo ha contribuido a forjar, desempeñando de este modo un papel no sólo histórico, sino de fundamento en Europa» (Benedicto XVI).

En escombros podría desmoronarse Europa hoy si ya no hay valores independientes de los fines del progreso, del desarrollo económico al margen del hombre, que no fuesen capaces de ahormar sólidamente el bien común de la Unidad Europea, como una gran «familia de pueblos» hermanos, en lugar de los bienes particulares y los intereses propios de cada uno de los Estados miembros o de los diferentes pueblos de esta «familia».

Por eso, una vez más cito a Francisco, cuando en el discurso aludido dice: «Esta familia de pueblos» que entretanto se ha hecho de modo meritorio más amplia, en los últimos tiempos, parece sentir menos suyos los muros de la casa común , tal vez, levantados apartándose del clarividente proyecto diseñado por los padres. Aquella atmósfera de novedad, aquel ardiente deseo de construir la unidad, parecen estar cada vez más apagados; nosotros, los hijos de aquel sueño estamos tentados de caer en nuestros egoísmos, mirando lo que nos es útil y pensando en construir recintos particulares. Sin embargo, estoy convencido de que la resignación y el cansancio no pertenecen al alma de Europa y que también las difi cultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad» (Francisco). Ahí está la respuesta a la pregunta con la que encabezo esta cita semanal. Y esa es también la respuesta a lo que en estos precisos momentos, tras los resultados electorales de una segunda convocatoria a elecciones generales en España: La novedad de los años iniciales de la democracia y de la transición, y el deseo ardiente de construirla en convivencia entre los españoles, es lo que necesitamos. Nosotros, los hijos de aquel sueño de la transición democrática, es necesario que superemos la tentación de caer en nuestros egoísmos, mirando a lo que nos es útil y pensando en construir recintos particulares, y edifiquemos, ¡de una vez!, España; y que, por encima de otras cosas busquemos el bien común, que es el bien de España. La resignación y el cansancio tampoco pertenecen al alma de España, que también es Europa.

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